Ciudad de México: Una visita con arte

Mis vacaciones estaban llegando a su fin, pero aún quedaban tres días para pasear por la capital del país y hacer cuanto se pudiera en un sitio que, lejos de ser enorme, es impresionantemente basto, pues tiene tantas cosas que visitar, que hay que quebrarse un poco la cabeza para decidir qué lugar conocer primero, y destinar la cantidad de tiempo justa para cumplir con esa labor.

He visitado la CDMX en el pasado, así que ya me conozco algunos sitios famosos por su relevancia turística, quizá alguna vez haga una entrada en el blog sobre eso. Sin embargo, la intención de esta última visita era distinta. Considerando la entonces situación del semáforo covid, que por aquel mes era anaranjado, solo podía ir a un par de lugares permitidos por las autoridades sanitarias, es por ello que decidí apostar por eventos artísticos que se exhibían de manera temporal.

El día que llegue a la capital soplaba un viento fresco, recuerdo haberme regañado mentalmente por no llevar abrigo, y es que eso me sucede muy seguido, asumo que el clima de un lugar debe ser de un modo u otro según la estación del año en que nos encontremos, pero casi nunca considero las variables que pudieran afectarlo, así que luego acabo llevándome tremendas sorpresas frías o acaloradas.

Me instalé rápidamente en mi hotel, esta vez opté por quedarme en uno céntrico, muy cercano al Monumento a la Revolución y enclavado sobre la avenida Alameda. Apenas instalarme, salí en busca de la plaza que expone el Monumento a la Madre, pues justo ahí se estaría exhibiendo el Van Gogh Alive, una exposición-show visual inspirado en la vida y obra de Vincent Van Gogh.

Debo reconocer que me perdí por un rato entre las grandes avenidas de la CDMX. Nada que no se remediara preguntando a algún desconocido en la calle. Me detuve a admirar la esquina de la información, este lugar situado en el Paseo de la Reforma y famoso por albergar los edificios que contienen las oficinas de la prensa, sede de los diarios más antiguos y famosos del país, sitios tales como El Universal o Excélsior.

Una vez que estuve en mi destino, me apresuré a comprar los boletos para el show. Tenía dos horas de por medio antes de su comienzo, así que aproveche ese tiempo para buscar dónde comer. Estuve dando vueltas por la plaza del Monumento, hasta encontrar una de estas ferias de gastronomía callejera que se montan por temporadas.

Confieso haber hecho el ridículo en dicho lugar, todo gracias a mi falta de concentración en esa complicadísima labor de caminar. Resulta que iba tan ensimismada pensando cuál garnacha elegir para comer, que sí los tacos doraditos de canasta o los sopes de queso y salsa verde, los cuales tenían unas pintas fabulosas…, mi dilema en ese momento era tan profundo que no vi el escalón del demonio que pisé en un muy mal punto. Salí disparada con todo y la bonita falda dorada que me había puesto ese día, la cámara voló hacía un puestecito de churros rellenos, el celular fue a parar cerca de las ruedas de una moto, y la traicionera mochila me golpeó con todo su peso en la cabeza. Casi pierdo un zapato en semejante accidente, y para colmo de males, me raje las rodillas con el pavimento. Al final eso fue lo de menos, era la vergüenza lo que más dolía, así que cuando una mujer y dos hombres me ayudaron a levantarme y recoger mis cosas, estaba tan apenada que acabé tomando asiento en el primer puesto de comida que vi, pedí una sopa de arroz con huevo duro y una tortita de papa medio cruda que para nada se me antojaba, mientras de lejos miraba con ojos de cachorro herido los puestos de tacos y sopes, con el sentimiento de quien anhela lo que ya no puede tener.

A eso de las cuatro y pico de la tarde pude ingresar a la bodega aquella donde se estaba llevando a cabo la exhibición, consistía en la proyección visual de varias obras de Van Gogh, con acompañamiento de música y efectos en movimiento, lo que generaba una especie de agradable e hipnótica ilusión óptica. Comenzaron exponiendo las primeras obras del pintor, al tiempo que, de a rato, iban lanzando algunas cuantas pistas sobre su vida, incluido el momento en que su salud mental comenzó a degenerar, situación que además fue notoria en sus pinturas, donde los trazos y las sombras comenzaron a tornarse más emborronados, como en una clara demostración de su fantasía distorsionada, o así al menos fue la forma en que yo lo interprete. Lo más bonito del show fue cuando presentaron La Noche Estrellada, y creo que fue el mejor momento para muchos de los visitantes, que no despegábamos los ojos de la imagen, maravillados con la secuencia de movimiento y de luz.

Quedé satisfecha con ese show, volví al hotel y solo salí un momento para caminar hacia el Monumento a la Revolución, pues quería apreciarlo durante la noche. Las luces de la ciudad de México invitaban a dar una larga caminata, a parar en alguna cantina o bar, y experimentar la vida nocturna que solo una ciudad como aquella puede ofrecer, pero yo preferí volver a descansar, para no desvelarme mucho y poder aprovechar la mañana del siguiente día.

Apenas levantarme me arregle, pase de largo el desayuno y tome rumbo hacia Coyoacán, uno de los barrios más antiguos de la capital mexicana. Ahí estuve dando vueltas por bastante rato, admirando su iglesia y las tienditas de los alrededores, me detuve a comer un mole con arroz (mi comida favorita de todo el viaje), y luego para el postre, un churro relleno de lecherita y un café caliente.

Más tarde me dirigí a la Cineteca Nacional, la verdad es que nunca antes había ido y me llamaba la atención la posibilidad de mirar una película de cine de arte.

Sobra decir que me enamore de la cineteca, es un sitio muy acogedor para visitar, sin mencionar que el precio de las entradas es en verdad económico. Pasé las horas previas a la película recorriendo los negocios de los alrededores, incluso me recosté un buen rato en los jardines para leer. Cuando llego el momento de entrar a la sala, estaba de lo más relajada, y aunque no me convencía del todo el filme que escogí, acabé disfrutándolo muchísimo, esa película extranjera era de verdad dramática y con mucho suspense, que sudé la gota gorda desde el minuto uno y hasta su final.

El siguiente día por la mañana, me reuní con una amiga que estaba de visita en la ciudad. Ella tuvo oportunidad de vivir muchos años en la capital, así que me llevo a conocer bastantes lugares interesantes del Centro Histórico, incluso anduvimos por las cercanías de Tepito, muy cerca de la Casa del Estudiante fundada por Porfirio Díaz. A sabiendas de que la zona no es muy segura, salimos rápidamente de ahí.

Utilice la tarde para asistir al Centro Comercial de Metrópoli Patriotismo, ahí estaba en exhibición un interesante show visual denominado Dreams. Yo no tenía mucha idea de lo que iba a encontrar ahí, pero había leído su recomendación en una de estas páginas que promueven los eventos, museos, obras de teatro y exhibiciones artísticas.

Al final, acabe amando el susodicho show, se trataba de un paseo por ocho diferentes zonas que representaban las fases del sueño, y aunque reconozco que hubieron algunas que no me quedaron muy claras, sin duda el espectáculo provocado por la tecnología, mediante la proyección de imágenes, luces, formas y sonidos, me pareció de lo más impresionante. Cada cuarto tenía una particular proyección y, lo mejor de todo, es que las fotos estaban permitidas. Mis zonas favoritas fueron las del insomnio, la pesadilla, el circo y el despertar.

Al salir llovía, aun así, me fui a Bellas Artes para tomar unas cuantas fotos del Museo y de la Torre Latinoamericana. Culmine mi día cenando en un restaurante de la avenida Alameda.

Mis vacaciones llegaron entonces a su fin. Para ese momento, ya tenía un montón de historias que recordar y contar a mis amigos… podía hablarles de la tormenta tropical en Holbox, de la evacuación de la isla, de la huida a Kantunikil, del refugio en mitad de la nada, de la sensación que produce estar en medio de un evento de esa naturaleza, de la ansiedad que deja el caos, de la bondad de las personas que conocí, como Flabia e Ileana, de mi partida hacia Cancún, mi visita a sus playas tras el intimidante fenómeno natural, de Naty, la colombiana nueva amiga, de mis corajes con los de la aerolínea por arruinar mi maleta, de mi visita a Tepoztlán, y mi enamoramiento por ese sitio. De la subida al Tepozteco, que me costó bastante y que me regaló también paz interior. Del susurró de los árboles en la montaña, el sonido de las aves y la sensación tan limpia que deja respirar aire fresco, de los itacates, las pizzas a la leña, las tepoznieves, y finalmente, la ciudad de México, con toda su grandeza, la grandeza de una capital que nada envidia a las de otros países, de una capital que es rica en cultura y arte.

Aquel viaje resulto absolutamente fascinante, me dejo bastantes aprendizajes y ganas de seguir conociendo el mundo. Me devolvió la calma que la pandemia me quitó, y me hizo dar cuenta que, a estas alturas del partido, la vida que tenemos es relativamente corta, como para desperdiciarla a costa del miedo, del desgano y la apatía.

Hoy estamos aquí, mañana quien sabe, así que el único consuelo que queda, es el de luchar por ser felices la mayor parte del tiempo.

ALBA

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