Cancún, destino improvisado

Salí huyendo de Kantunikil a primera hora de la mañana, me despedí de Ileana y Flabia con un abrazo, y con la promesa de visitarlas algún día, cuando el destino me hiciera regresar a esa isla paraíso que apenas conocí un poco.

Fue complicado encontrar un taxi en la carretera, pero lo conseguí al cabo de un rato, debo decir, que me cobraron un ojo de la cara para ir hacia Cancún, pero bueno, tampoco es cómo si hubiese tenido muchas opciones para elegir. Al menos la plática de hora y media con el taxista resultó amena, incluso aprendí una serie de datos que, si no hubiera sido por él, hoy seguramente ignoraría.

Me contó sobre los huracanes Wilma y Gilberto, pero también sobre Delta, ese que yo misma pude conocer en aquellas extrañas vacaciones. Fue así como me enteré que Delta acabó ingresando con categoría dos, lo cual había sido poco común, pues se sabe que venía con cuatro, y de acuerdo a lo que me explico aquel hombre, los huracanes no se desplazan entre categorías tan rápidamente. Me dijo además que este fue un huracán muy raro, pues vino seco, es decir, no trajo tormentas de lluvia como en ocasiones pasadas, y me explicó que una de las razones por las que no hizo tantos destrozos era porque al tocar tierra, había conseguido elevarse. Lo escuché con atención durante todo el camino, fascinada por esa información, pues verídica o no, ya me parecía de lo más interesante haber vivido esa experiencia, pues pese a los malos ratos, aquello era algo más que agregar a la lista de historias de mis viajes, esas que valen la pena contarse.  

Una vez que entramos a la carretera federal, la señal del teléfono regresó a mi dispositivo, al instante sentí alivio, y por fin pude ponerme en contacto con mi familia y avisarles que me encontraba bien, que ahora me dirigía a Cancún con la intención de salvar aquellas vacaciones que tuvieron tan peculiar comienzo.

Encontrar hospedaje ahí representó un nuevo lío. El huracán había pasado recientemente, por lo que los daños aún estaban siendo reparados, la gran mayoría de los hoteles se encontraba sin internet ni señal telefónica, sin luz, ni agua ni servicio. Estuve preguntando en unos siete o diez hoteles, pero las respuestas eran negativas, los pocos en funcionamiento, se encontraban ya completamente llenos.

La frustración volvió a agobiarme al cabo de un rato, tanto, que resignada tome rumbo hacia la estación de autobuses. Mi vuelo a la ciudad de México saldría en cuatro días, pero estaba tan cansada de ese batallar constante que dije, “¡al carajo!, me largo del condenado paraíso”.

Una vez en la estación, me forme en la fila de la taquilla, dispuesta a conseguir un boleto hacia la capital del país para ese mismo día. Sabía que serían largas las horas de viaje en autobús, que además, aquella determinación supondría gastos extra para los que no iba preparada, pero también estaba cansada de aferrarme a estar en un lugar que ciertamente me dificultaba cada vez más las cosas.

Fue curioso, pero justo un turno antes de pasar a comprar el boleto, decidí dar una última oportunidad y probé suerte llamando a un pequeño y sencillo hotel, el primero que vi en una de esas listas de Booking. Para mi sorpresa, el sitio no solamente tenía lugar disponible, sino que además se ajustaba a la perfección a mi ahora complicado presupuesto.

Salí de la fila rápidamente y arrastré la maleta como alma que lleva el diablo hasta un sitio de taxis, me aquejaba el temor de perder el cupo en aquel hotel. Por suerte eso no ocurrió, y al cabo del medio día, ya me encontraba completamente instalada.

Tras descansar unas horas, decidí salir por la tarde para recorrer lo que se pudiera, ¡tenía esa hambre de ver el mar!, y aunque ya me habían dicho que las playas estaban cerradas, igualmente me aventure. El transporte público que me llevaría a la zona hotelera pasaba relativamente cerca, así que no tuve mucho problema en encontrarlo. Conocía un poco las paradas de autobuses de toda la avenida Kukulcan, pues visite Cancún por primera vez hace tres años, así que más o menos sabía cómo manejarme en aquella ciudad.

Ese día visite la Playa Delfines, ¡la más bonita para mí!, pues es ahí donde los azules del mar se perciben en todo su esplendor, y el tempestuoso oleaje brinda al lugar una belleza salvaje. Apenas pude acercarme un poco, eso sí, sí acaso para tomar algunas fotos a la distancia y admirar el bello océano. La tonalidad turquesa del agua estaba un poco borrada, lucía ligeramente gris, producto del reciente fenómeno natural. Sin embargo, aun así era hermoso, respire aquella brisa marina y me sentí afortunada de estar ahí, de estar bien, admirando esa imagen de postal, pues ni la opacidad del agua disminuía un poco la belleza de ese mar.

Al cabo de un rato tome rumbo hacia La Isla, este centro comercial tan famoso por su canal de agua que lo recorre de orilla a orilla, intentando simular un poco un pedazo de la ciudad de Venecia. Ciertamente debo decir que la construcción es linda, aunque el lugar merece ser aseado con mayor regularidad, pues el agua se notaba bastante sucia en ciertas zonas.

Comí unas enmoladas de queso en un sitio mexicano que tenía una bonita vista a la Laguna Nichupté. Supongo que fue a partir de ese momento cuando noté que el estrés había bajado, y que ahora me embriagaba finalmente la sensación de paz, pues, aunque Cancún no había sido el destino original, ahora mismo estaba ahí, disfrutando de un buen rato que comenzaba a sentirse como las vacaciones anheladas.

El siguiente día probé suerte en otra playa, la Playa Caracol, y de verdad que fui afortunada por encontrarla abierta. Debo decir que la avenida Kukulcán corre entre negocios, grandes resorts, y accesos a las playas públicas. Al ser Cancún un sitio tan lindo, da igual que playa se visite, todas son preciosas, y aunque la del Caracol es relativamente pequeña, en ella puede apreciarse un largo y bonito muelle que realza la belleza del paisaje y que se presta de forma fenomenal para tomar muchas fotos.

Ahí me conseguí un camastro y su sombrilla a un precio bastante económico. Me relajé leyendo un libro, mirando a los niños y adultos que nadaban felices, entre gritos, juegos, y chapuzones. Me tomé quinientas mil fotos y nadé en las aguas cristalinas. La temperatura era cálida, muy agradable en la piel, tanto, que sentí que por un momento tenía la capacidad de limpiarme todas las penas…

Estuve toda la tarde ahí, hasta que el cielo se pintó de anaranjado y de rosa, entonces tome nuevamente camino hacia el hotel. No había mucho que hacer con todos los sitios cerrados por el reciente huracán, y como ya estaba cansada de andar y andar entre el agua y la arena salada, volví a la habitación, para mirar una serie y dormir bastante.

El último día en el Cancún del Caribe, tome nuevamente un autobús para adentrarme a la zona hotelera, mi intención era visitar Playa Gaviota Azul, mejor conocida como Playa Fórum, la cual se localiza cerca de la zona de bares, entre el Mandala y el Cocobongo. Había leído la mar de comentarios positivos sobre esa playa, y visto vídeos en youtube que invitaban a conocerla por su gran tamaño y ambiente juvenil, sin embargo, apenas acercarme, unos oficiales de la policía me informaron que, al igual que muchas otras, se encontraba cerrada.

Desanimada eché a andar por la avenida Kukulcán pensando que, si no encontraba a donde ir, buscaría de nueva cuenta la Playa Caracol para pasar otra vez el día. En mi andar se acercó un hombre con la intención de venderme un tour hacía Isla Mujeres, sitio que conocí en enero del 2017, y aunque me hubiese gustado visitarlo una segunda vez, lo cierto es que con el imprevisto del huracán no iba a poder costearlo, pues debía cuidar el dinero a como diera lugar mientras estuviera en Cancún, por tanto, lo gratuito era lo único a lo que podía acceder.  

A pesar de declinar a todas las proposiciones de comprar algún paseo, el hombre tuvo el amable gesto de confiarme que la Playa Chac-Mool estaba abierta al público, me índico como llegar a ella, no sin antes mostrar su fascinación por mi tierra, Chihuahua, a la que planeaba visitar pronto.

Anduve hasta Chac-Mool a pie, y cuando por fin la encontré, temí que al querer ingresar alguien saliera a decir que estaba cerrada. Por suerte eso no ocurrió. Apenas sentir la arena caliente bajo mis pies, volví a emocionarme como una niña chiquita. En ese lugar la renta de sombra estaba aún más cara, y como no podía desperdiciar mucho dinero, opte por quemarme la piel, ¡sí, señor!, que un bronceado no me vendría del todo mal, o al menos quise convencerme de ello para justificar las peripecias económicas de ese viaje.

No es como si me fuera a quedar sin nada, pero tenía aun otros dos destinos que visitar, y no quería luego andar haciendo malabares con el dinero a causa de comprar o pagar cosas que, en mi opinión, consideraba innecesarias.

Como la voz de un ángel que aparece de forma sorpresiva, se dejó escuchar esta chica tan dulce y amable que gentilmente me invito a compartir su sombra. Al principio decline con amabilidad su propuesta, más por pena que por cualquier otra cosa, pero ella se mostró tan agradable y sonriente que rápidamente me convenció. Yo la convencí a ella de compartir el gasto de la sombrilla y entonces todo pareció un gran plan.

Natalia se convirtió en mi amiga casi al instante en que cruce dos frases con ella. Esta chica es de Colombia, de Arauca en particular, pero actualmente vive en Guanajuato ya que ahí estudia su maestría. Al igual que yo se encontraba paseando en el Caribe, y al igual que yo, el Huracán Delta le había jodido un poco las cosas.

Naty, como le digo ahora, y yo, nos echamos a platicar desde el primer momento en que compartimos la sombra. Fue increíble la forma tan rápida en que acabe teniéndole confianza, contándole mi vida y mis pesares, y ella a su vez, acabó contándome los propios. Reímos y nos sorprendimos por la excelente amistad que en escaso rato ya estábamos forjando, hicimos planes de pasear luego por la sierra de Chihuahua, pues la convencí de venir a mi Estado antes de que terminé su estancia en México. Ella a su vez, me hablo de Colombia. Nos bebimos unas piñas coladas y nos tomamos un montón de fotos para el recuerdo.

Sorpresivamente viajábamos en el mismo vuelo a la ciudad de México para el siguiente día, así que cuando nos despedimos, acordamos vernos en el aeropuerto para platicar.

Por la tarde me arregle para ir a pasear por la Laguna Nichupté, desde hacía tres días llevaba mirando esos kiosquitos de madera blanca, que se prestaban preciosos para una sesión de fotos. Estuve así, recorriendo el sitio y admirando el banco de agua verde oscuro, muy diferente a la del mar Caribe. La laguna Nichupté me recordaba un poco a aquella película de Anaconda protagonizada por Jennifer López.

Más tarde me fui a La Isla a comer, esta vez un mole con arroz rojo. Me deje envolver por la paz de la laguna nuevamente, al tiempo que miraba a los paseantes ir y venir. No experimente nostalgia ante la idea de dejar Cancún, y no porque mi estadía hubiese sido mala, para nada, pues a pesar de las complicaciones, el destino que improvise acabo siendo perfecto.

No hice grandes cosas, no conocí grandes sitios ni pagué los mejores tours. Solamente me deje llevar por las circunstancias, me pasee entre playas preciosas de aguas azules, conocí a gente muy linda, primero en Kantunikil y luego en Cancún. Soñé, añoré, extrañé y asumí… a ratos deje de pensar y me dedique a disfrutar.

Antes de este viaje tenía la creencia de que Cancún estaba sobrevalorado, que era un sitio tan comercial que carecía del encanto natural que tienen los pueblos simples. Sin embargo, a pesar de su comercio y de su sobreexplotación, Cancún acabó abrazándome en un momento difícil de mi vida, y eso es algo que nunca olvidaré.

El comienzo de esas vacaciones fue tormentoso, pero a medida que los días pasaron, acabó volviéndose idóneo. Entonces comprendí que no era que las cosas estuvieran saliéndome mal todo el rato de este año, sino que era yo la que se centraba únicamente en las partes negativas.

Aprendí que no debo vivir esperando recompensas, o grandes acontecimientos, si eso conlleva a que la vida me pase de largo. Que es el momento presente, el aquí y ahora, todo lo que tenemos, y por tanto ese es el único espacio de tiempo en el que debemos permitirnos vivir.

ALBA

2 respuestas a “Cancún, destino improvisado

  1. Que interesante el post!! Aquí no estamos acostumbrados a los huracanes, y la verdad que pueden arruinarte las vacaciones. Me alegro que al final hayas podido disfrutar de Cancún y no llegases a coger el autobús!! Yo estuve en la ciudad únicamente porque aterricé en su aeropuerto y porque cogí en el puerto un barco a Isla Mujeres, pero no pude conocer la propia ciudad de Cancún! Espero volver algún día!!!

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