Vacaciones… ¿de pesadilla?

Por si el 2020 no me había sorprendido ya bastante, las vacaciones de octubre vinieron a recordarme que cualquier cosa es posible en este año tan raro que estamos viviendo.

Y es que ha sido una época dura, una pandemia mundial no es para menos y probablemente todos los habitantes del globo terráqueo hemos resentido, cada cual a su particular manera, los estragos dolorosos de este virus.

En mi caso, ha sido un año de sueños tambaleantes, de metas pausadas, y de importantes pérdidas. Un año de aprendizaje, pero de aprendizaje a la mala, porque fueron las experiencias malas, las tristes, las que me han hecho enfrentar con mis partes rotas, las que han puesto en jaque mis ilusiones, y las que me han llevado por remolinos de emociones para las que no estaba preparada…

Así que octubre era el mes que iba a salvarme, aunque fuera un poquito. Octubre era el mes para salir de vacaciones, y eso ya se sentía como una esperanza. Yo, que soy una persona que ama tanto viajar, y que ha tenido que luchar sobre todo con la idea de que viajar es peligroso en estos tiempos de crisis, al fin iba a poder hacerlo de nuevo, dentro de mi México lindo, aun y cuando el destino originalmente no era ese.

Me dolía no poder ir a Sevilla, al menos no en las fechas que elegí aquel enero, cuando todo este caos aún era ignorado por el mundo, me dolía saber que tenía que dejar ese destino en pausa para 2021, si las cosas salen bien… pero mientras tanto, necesitaba irme, desconectarme por completo, y anhelaba un sitio pacífico para lograrlo.  

Fue así que elegí la isla de Holbox.

Ya me habían recomendado Holbox en innumerables ocasiones. Este pedazo de paraíso se encuentra en el Caribe, a unas dos horas y pico de Cancún. Holbox es un sueño, con su arena blanca y su mar turquesa, ahí ocurre un fenómeno rarísimo y hermoso conocido como Bioluminiscencia, esto es, que durante las noches y dependiendo la luz de la luna, puede observarse en el agua una clase de aura azul que parece pura magia.   

Así que cuando la fecha llegó, estaba verdaderamente entusiasmada, tome ese vuelo desde Chihuahua llevando conmigo expectativas muy altas. Sabía que el turismo estaba reactivándose en esa zona del país, y aunque ya había visto en las noticias información sobre la reciente tormenta tropical generada por el huracán Gamma, que había pasado cerca de la región, algo dentro de mí gritaba que pronto todo se calmaría, que me largara a la isla, y yo me aferré a esa ilusión con la pasión que había perdido en los últimos meses.

Era el medio día cuando arribe a Holbox. Para llegar ahí, tuve que tomar un vuelo hasta Cancún, luego una combi que me dejó en el pueblo de Chiquila, y finalmente un ferry que me cruzó hasta la isla.  

Una vez ahí comence algo raro. El mar estaba gris y no turquesa, el cielo se encontraba completamente nublado, y las calles de arena tenían enormes e importantes charcos que impedían a los taxis circular, a temor de quedarse atascados en cualquier lugar.

Me instale en el hotel rápidamente, saque todo de la maleta, acomode la ropa en el perchero, preparé la cámara y con esa hambre de paseo que tenía, salí a caminar por el centro a eso de las seis de la tarde. Fue una mala idea.

Empezó a llover y los charcos de las calles volvían la caminata una cosa difícil, pero yo estaba muy emocionada por encontrarme ahí, así que no me importo acabar empapada a un par de minutos de haber salido del hotel, tampoco me importo caminar entre los charcos lodosos, ni perderme en el camino, aquello se sentía diferente, me sentía diferente porque estaba en un viaje, haciendo lo que tanto he descubierto amar.

Pude hacer un par de fotos en el puerto y en los murales del centro, también pude cenar en una de las pizzerías más famosas de Holbox, mejor conocida por su pizza de langosta. Estuve mirando por los alrededores, pero oscureció pronto, así que me las apañe para volver al hotel en medio de esa oscuridad y de esa lluvia. No había casi nadie en la calle, y quizá en ese momento parecía la mujer más loca, pero no estaba dispuesta a encerrarme más tiempo, no en mis vacaciones.  

Me fui a dormir pensando que aquel viaje había iniciado de forma extraña, pero estaba convencida de que los siguientes días serían mejores, que el paraíso del Caribe me acogería con amor y que pronto acabaría encontrando la paz que con tanto empeño fui a buscar.

Sin embargo, Delta no me dio tiempo de eso.

Amaneció un día soleado y hermoso, incluso pensé que era una señal del cielo. Había sol y las nubes lucían formas definidas y acolchonadas.

Emocionada comencé a ponerme el traje de baño, pues quería visitar el mar y pasarme toda la mañana ahí echada en la fina arena, me habían dicho que el agua era mansa y preciosa, y yo quería darme chapuzones larguísimos, hasta que me quedara la piel de los dedos arrugada.

Justo estaba por salir cuando llamaron a la puerta.

Era la recepcionista del hotel, una muchacha joven y de nacionalidad argentina, lucía agitada y nerviosa, me explico un tanto apresurada que estaban evacuando la isla, que había alerta roja por parte de las autoridades, pues se tenía confirmado que un nuevo huracán, el huracán Delta, tocaría tierra, y existía el temor de que fuera a destruir la isla. En ese momento recuerdo escucharla hablar sin entender realmente nada, es decir, estas cosas pasan en las películas, y justo lo que la chica me contaba, parecía el argumento de una de ellas.

Hice muchas preguntas, la mayoría en mi ignorancia, y en la falta de entendimiento sobre lo que estaba ocurriendo, “¿cuándo íbamos a poder regresar a la isla?”, “¿qué pasaría con mis pertenencias?”, “¿y todo ese dinero que pague por las noches de hospedaje?”, “¿a dónde diablos iba a irme?”, pero la respuesta de ella siempre era la misma, “no lo sé”, “nadie sabe”.

Cuando la chica se fue, me quede un rato congelada, intentando pensar que haría, “¿qué me estaba contando?”, “¿un huracán?”, “¿de verdad?”.

Tome la maleta y comencé a echar todo de regreso, la ropa, los zapatos, y todas esas cosas que uno se lleva cuando sale de viaje.

Por la ventana vi pasar a varias personas cargando valijas, niños, mascotas y hasta electrodomésticos. Una vez que tuve todo listo, ni siquiera intente buscar un taxi, las calles seguían inundadas, y ahora los charcos se veían aún más lodosos, seguramente ningún taxista estaría trabajando en medio de aquella crisis. Eche a andar hacia el puerto cargando mi maleta. Al salir, me percate de que ya no había nadie en el hotel, los pies se me hundían más cuando intentaba pasar por los charcos llenos de zoquete, en ese momento me sentí la persona más tonta del mundo por llevar tantas cosas innecesarias conmigo, esa condenada maleta solo me volvía más lenta y torpe.

La fila para tomar el Ferry de regreso a Chiquila era enorme, y la gente tampoco parecía saber mucho sobre lo que estaba pasando.

Ya en el barco, las medidas sanitarias de uso de cubrebocas, sana distancia y demás, se perdieron por completo, nadie tenía tiempo para pensar en eso, había caos dentro y se sentía como sí estuviéramos huyendo de un temible monstruo. En el barco iban perros, gatos y hasta gallinas, la gente cargo con todo cuanto pudo.

La información era poco clara, nadie sabía o entendía gran cosa, pero la orden era firme, “no puede quedarse nadie en la isla”.

Ahí, en ese ferry, yo no podía dar cuenta de lo que estaba pasando, pensaba y pensaba sobre lo que haría al llegar a Chiquila, pero no se me ocurría nada. Estaba en otro estado, lejos de casa, mejor dicho, en la otra punta de la República Mexicana, prácticamente acababa de llegar y no conocía a nadie, me había gastado ya lo del hospedaje en Holbox, ¿dónde diablos iba a quedarme a dormir?, ¿qué pasaría con mis vacaciones?

Cuando baje del barco hice lo más sensato, seguí a la multitud. Observe como la mayoría se dirigía a unos autobuses situados fuera del puerto, ahí cerca estaba una persona de la policía municipal, así que me acerque a preguntar a donde iban esos camiones.

El hombre me explico que eran camiones enviados por el Departamento de Protección Civil, se dirigían a Kantunikil, un pueblo situado a una hora de distancia, ahí era donde se encontraban los refugios montados por las autoridades, pues según entendí, Kantunikil se encontraba lejos del mar, y se consideraba un sitio más seguro que las poblaciones de costa.  

Yo no tenía la más mínima idea de que hacer, así que acabe subiéndome a uno de los autobuses. En poco tiempo ya iba rumbo a un sitio cuyo nombre aún me costaba aprender y pronunciar, rodeada de gente que no conocía, sin saber a ciencia cierta lo que pasaría, o el tiempo que tendría que estar en aquel lugar.

Esas definitivamente no eran las vacaciones de paz con las que había soñado, me sentía desorientada, mucho…

ALBA

4 respuestas a “Vacaciones… ¿de pesadilla?

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