La magia de la Sierra Tarahumara

Resulta increíble que, al ser una persona que ama viajar, haya sido recién a mis 31 años cuando por fin conocí el sitio más emblemático de mi estado chihuahuense… “la sierra tarahumara”, que, he de admitir, queda a tan solo unas cuatro horas de donde vivo, a una distancia que, “en el estado grande”, es relativamente corta. 

Aunque bueno, eso de decir “conocer”, no es precisamente la forma apropiada de llamarlo, pues al final de cuentas visité la sierra en una escapada de fin de semana, lo que vi fue apenas muy poco de todo lo que existe entre su impresionante inmensidad.

La Sierra Tarahumara la compone ese grupo de altísimas montañas y profundas barrancas que forman parte de la Sierra Madre Occidental, se encuentra ubicada en mi estado, ¡Chihuahua!, el estado grande, el estado más querido para mí. Su nombre lo recibe gracias a la ocupación de los indígenas “tarahumaras” o “rarámuris”, una etnia existente desde antes de la llegada de los españoles.

Al pasear por la sierra, es común encontrar miembros de dicha etnia andando por ahí, vendiendo sus artesanías, trabajando, y algunos cuantos pidiendo dinero a los visitantes. Siempre he concebido a los tarahumaras como personas reservadas y serias, poco expresivas y vistiendo ropas de colores vistosos, se autonombran a sí mismos “raramurís”, cuyo significado es “corredores a pie”, mientras que a la clase mestiza nos llaman “chabochis”, que significa “los que tienen barbas”.

Había estado añorando este viaje por bastante tiempo, pero siempre, por una u otra razón, nunca acababa fijando una fecha. Sin embargo, tras este desastroso confinamiento y con el periodo vacacional tan lejos, con la incertidumbre de las restricciones y todo eso, sentí la necesidad de escapar, aunque fuera a un sitio cercano, necesitaba alejarme de la ciudad y desconectar. La situación era la misma para algunos cuantos amigos, así que decidimos partir tan pronto como pudimos conseguir un día libre que juntar con el fin de semana. 

Finalmente la fecha se llegó, justo una semana después de la muerte de mi abuelo, y aunque para muchos pudiera parecer precipitado e imprudente el irse por ahí con amigos, para mi tenía mucho sentido. Los viajes, por cortos que sean, tienen un efecto sanador, y esa también fue una de las razones por las que quise irme a perder en mitad de la nada, entre el bosque y la montaña, a respirar el aire con olor a pino, para dejar de lado el celular, las redes sociales y todas esas noticias que intoxican al mundo.

Partimos de chihuahua un viernes a las 08:00 de la mañana, había que andar cuatro horas y media hasta nuestro destino, pero llevábamos un itinerario planeado para empezar a disfrutar de la sierra desde ese día, con la intención de aprovechar la mayor cantidad de tiempo posible. El trayecto en sí ya fue emocionante, sintonizando la música que a cada uno de mis tres amigos y a mí, tanto nos gusta, cantando canciones en el auto y hablando de todo lo que queríamos hacer apenas llegar.

A medida que nos aproximábamos a nuestro destino: el poblado de Creel, el paisaje se iba volviendo más hermoso, más verde y frondoso. La carretera se iba cerrando en forma de peligrosas curvas, por lo que había que conducir con sumo cuidado, procurando no orillarse mucho, pero también cuidando mantenerse en el carril sin invadir el contrario, la falta de precauciones en este lugar, puede culminar en un catastrófico accidente.

Los valles verdes y altísimos pinos estaban apoderándose del paisaje de montaña, supongo que fue el momento en que me quede en silencio por un rato, para observar esa maravilla de la naturaleza, pues era puro deleite. “¿Cómo diablos esperé tanto tiempo para venir a la Sierra?”, me pregunté.

Llegamos a Creel y, orillados por el hambre, decidimos aparcar el auto en el centro, entramos a comer en una pizzería artesanal y ¡no saben qué cosa!, aquellas han sido de las pizzas más buenas que, con seguridad, he probado en mi vida. Apenas salir, nos recibió una ligera lluvia fría, agradecí mucho llevar una prenda abrigadora para sortear el clima, después de haberlo sufrido en Bariloche, me quedo aprendida la lección, al paisaje de montaña se acude con un abrigo, aunque sea en mitad del verano.  

Paramos luego en una heladería, y cerramos una maravillosa comida con un buen postre local. Nos dirigimos a la cabaña que previamente habíamos rentado, ahí nos instalamos con rapidez, la tarde estaba cayendo, y queríamos visitar el Lago de Arareco.

El lago es uno de los atractivos más visitados por los turistas, pues el conjunto de agua, bosque y grandes rocas hacen un paisaje precioso. Llegamos en cuestión de minutos, y ahí pudimos rentar una balsa. Vicky y Martin, mis amigos, se mostraron habilidosos en su técnica de remo, mientras que Anabel y yo nos dedicamos a tomar fotografías, reconozco que fue un paseo revitalizador. La paz que deja navegar en el agua, y con un clima así, fresquito, que antoja un chocolate caliente. Más tarde paseamos un rato por los alrededores, escalando las acumulaciones rocosas y retratando el atardecer.  

Ya en la cabaña, cenamos unos buenos tacos de discada, para más tarde disfrutar el ansiado chocolate en el exterior, rodeando la fogata y contando historias de miedo. En algún punto hubo la necesidad volver a la cabaña, nos envolvimos tanto en el tétrico ambiente de las historias, que comenzamos a escuchar pasos y ruidos en los alrededores, así que más movidos por el miedo, que por cualquier otra cosa, volvimos a la cabaña para dormir y descansar del ajetreado día.

En la mañana siguiente, nos despertó el olor de los hot cakes recién hechos. ¡Martin nos estaba preparando el desayuno!, así que dejándonos chiplear, mis amigas y yo nos levantamos un poco más tarde, para luego almorzar de forma deliciosa. Apenas hacerlo, salimos con dirección a la visita estrella de aquella escapada de fin de semana: ¡las Barrancas del Cobre!

Desde Creel hasta Barrancas hicimos alrededor de una hora de camino, nuevamente nos enfrentamos a un trayecto de cuidado, con curvas cerradas y engañosas.

Llegamos a eso de las diez y media de la mañana, fue en ese lugar en el que tome consciencia de la inmensidad de la grandiosa sierra Tarahumara. La sola imagen del grupo de montañas y de los profundos barrancos corta el aliento, produce vértigo si te acercas demasiado, pero no deja de ser un paisaje espectacular por donde le mires.

Nos dirigimos a Parque Aventura, ya que previamente habíamos reservado la actividad de tirolesas. Aquel sería el escenario en el que mis tres amigos y yo cruzaríamos de extremo a extremo la tirolesa más larga del mundo, ¡sí!, ¡la más larga!, mejor conocida como Zip Rider, que tiene una extensión de 2545 metros. En el parque se nos coloco el equipo necesario para hacer el trayecto, que debo aclarar, pesa una barbaridad, desplazarse con él es incómodo, pero los puentes de lanzamiento tampoco quedan tan lejos.

Fui la primera de mis amigos en ofrecerse a pasar, lo cual me sorprendió hasta a mí misma, antes de llegar estaba dudosa y con el corazón desbocado. Sin embargo, eso de tener que esperar observando como todos se lanzan al vacío, me produce demasiado nervio, así que bueno, acabe levantando la mano cuando la empleada del parque pregunto quién sería el primero en saltar. Mientras me ajustaban el equipo, pude experimentar cada sensación dentro de mi pecho, siempre he temido a las alturas, aunque eso jamás me ha impedido disfrutar de ese tipo de atracciones. Supongo que la parte más difícil para muchos es cuando abren las compuertas y te encuentras de cara con la profundidad del vacío, mirar hacia abajo ya pone la carne de gallina, y hasta he sabido de gente que se arrepiente de saltar en el último momento. Pero en mi caso fue distinto, cuando abrieron las puertas deje de tener miedo, pensé que era solo una tirolesa, yo me sentía segura con el equipo, y gracias a eso iba a poder volar… a la cuenta de tresme arrojé sin pensarlo, simplemente imite la maniobra que nos fue enseñada previamente, y me permití fluir con el viento.

La velocidad que uno lleva es impresionante, recuerdo que el aire hacía temblar mis lentes y me obligaba a cerrar un poco los ojos, sin embargo, pude observar lo suficiente para sentirme maravillada, ¡de verdad estaba volando sobre las Barrancas del Cobre!, ¡fue increíble!

Cuando llegué al otro extremo estaba alucinada, tenía las emociones desbordadas, me sentí llena de energía y con ganas de reír.

Con Anabel sucedió una cosa poco común, y es que la pobre se quedo atorada en el cable a unos cuantos metros de llegar hasta el final del trayecto, por lo que uno de los empleados del parque debió ir por ella a rescatarla, ¡fue todo un acontecimiento!, jaja, a veces lo recordamos entre risas.

Posteriormente comenzó la que para mí se convirtió en “una verdadera tortura”. Para regresar al parque era preciso ascender por 700 metros hacia la zona donde había que tomar el teleférico de regreso. 300 de esos setecientos metros, había que hacerlo cargando el pesado equipo que nos colocaron, así que caminar con tal indumentaria acabó siendo bastante difícil, hasta el punto de agotarme lo suficiente en esos primeros metros. Durante los siguientes, comencé a experimentar mucha ansiedad, los escalones de ascenso se volvieron interminables, cuando miraba hacia arriba y veía que no avanzábamos me ponía bastante nerviosa y me sentía cada vez más cansada. Tuve un vergonzoso ataque de pánico estando ahí, pues hubo un punto durante el ascenso, en el que sentí no poder respirar… finalmente eso paso, y pude llegar a la jodida cima.

Ya arriba, tomamos el teleférico. El recorrido de regreso fue bonito, duró aproximadamente cuatro minutos, tiempo en el que se reproduce la voz pre grabada de un hombre que narra datos sobre el origen, y las curiosidades de la etnia tarahumara, así como sobre los alrededores de Barrancas del Cobre.

Finalizada la aventura en el parque, anduvimos hasta la estación del tren Chepe, donde se ubican numerosos puestos de deliciosas gorditas que se han vuelto muy famosas en la región, y se han perfilado como las favoritas para el consumo de los turistas, entre este alimento destacan las que son hechas con maíz azul. El solo aroma del refrito y los guisos ya abre bastante el apetito. Las gorditas son un alimento famoso en Chihuahua, las hay de harina y de maíz, y vienen rellenas de típicos guisos mexicanos, como el asado de puerco, el picadillo, las rajas con queso, el pollo en chipotle, las papas con chorizo, entre otras.

Para ese momento había comenzado a llover, por lo que tuvimos que regresar a la camioneta y tomar el camino de regreso hacia Creel, haciendo una rápida parada en una zona por donde pasan las vías del tren, ello con la finalidad de sacar algunas fotos.  

Por la noche hicimos un recorrido que, en lo personal, me encanto bastante.

Este recorrido es conocido como “Sombras y Leyendas”, y se caracteriza por apreciar una puesta teatral mientras se recorre un sendero en el bosque, ello durante la noche, iluminados solamente por las tenues luces de las lámparas que llevan los organizadores del recorrido, pues no se puede utilizar el celular, ya que eso quitaría la magia del paseo. Mis amigos y yo fuimos recogidos en la estación del tren en Creel, para luego ser trasladados, junto con otro grupo de personas, a las faldas del Lago de Arareco. A partir de ahí ingresamos en el oscuro y frío bosque, e iniciamos el recorrido dirigidos por un guía muy particular, llamado Fidencio. A medida que se avanza, es posible encontrar historias fantásticas entre los rincones del bosque, algunas de las cuales dejan esa sensación de terror, y algunas otras son muy tristes. Son historias locales que se cuentan en los alrededores, y que sin duda vale la pena conocer.Durante la noche también pudimos observar luciérnagas, y hasta acariciar al hermoso gatito que nos acompañó todo el paseo.

Esa noche cenamos hamburguesas en la cabaña, bebimos un poco de alcohol, algunos, whisky, pero yo me quede con el tequila, que es mas mi estilo, conversamos hasta la madrugada, estábamos tan cansados que tampoco pudimos desvelarnos mucho. Despertamos para desayunar y recoger todo, volver a meter las cosas al coche e iniciar el trayecto de regreso a Chihuahua, parando solo en la localidad de Cuauhtémoc para comer sus famosas pizzas Los Arcos.

Aquel viaje a la Sierra duró muy poco, pero fue suficiente para hacerme sentir maravillada. Viví momentos preciosos al lado de mis amigos, y sin lugar a dudas me gustaría volver pronto para disfrutarlo más.

Alba

2 respuestas a “La magia de la Sierra Tarahumara

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