Hasta pronto, mi abuelo

Esta mañana parecía que iba a ser un día como cualquier otro, un domingo normal, como los que vienen sucediendo desde hace mucho tiempo, basto una rápida mirada al celular para que todo cambiara el rumbo.

Mi abuelo, el último que me quedaba, falleció a temprana hora, y el mensaje eso decía, que se había ido, que estaba en el cielo, que finalmente iba a descansar.

No es como si no hubiera estado temiendo este momento, desde hace semana y media que llevaba conectado a un respirador, su cuerpo funcionaba gracias a la máquina, todos sabíamos que el panorama era malo, y yo solo le pedía a Dios que no estuviera sufriendo, que fuera como un sueño tranquilo y no hubiera rastros de consciencia por la cual pudiera saber lo que le pasaba. Hoy él se ha ido, y finalmente es libre de cualquier clase de mal que pueda aquejarle en el mundo de los vivos.

De todas formas, no dejo de pensar que se marchó muy pronto. Mi abuelo cumplió 80 años en mayo, pero siempre le vi como ese hombre fuerte y trabajador que madrugaba todos los días, y que hacía un montón de deberes desde muy temprana hora. No hace ni tres semanas que mi tía me envió un video suyo, un vídeo donde me dice “Te quiero mucho Alba Rosa”.

Me pesa saber que no lo visite los pasados meses, pero no dejaban de decir en las noticias que el virus atacaba a los ancianos, así que pensé que ya habría tiempo de abrazarlo luego, cuando los abrazos estuvieran permitidos y el virus ya no hiciera tanto daño. En el fondo pesa más saber que incluso antes del virus, antes de la pandemia, yo ya tenía algún tiempo sin ir a verlo, asumí de forma errónea que él estaría ahí siempre, y que volvería a jugar un partido de cartas con él.

A mi abuelo, yo ni siquiera le decía abuelo, le decía “papa”, no porque no tenga yo un padre, que lo tengo, y es uno de los mejores, pero desde niña he llamado papa y mama a todos mis abuelos, pues ellos han jugado un papel importante en mi crianza y en mi vida.

El primero en irse fue papa Rigo, de un paro cardiaco mientras dormía, entonces yo era muy niña y no podía entender porque lloraban todos en aquel sombrío recinto de sillones rojos, mi edad era entonces corta para asimilar que el hombre que me llevaba al kínder y que cargaba mi mochila, el que me compraba dulces a escondidas de mi abuela y de mi madre, ya no estaría ahí.

Después se fue mi mama Lupe, quien padeció el alzheimer en sus últimos años de vida, ya no me reconocía y a veces me preguntaba por “Albita” sin saber que era con ella con quien hablaba. A pesar de su desconocimiento, me veía siempre con cariño y entonces yo comprendí algo en medio de su triste enfermedad, que ella podía olvidar la identidad de las personas a quienes quería, pero jamás olvidaba el amor que les tenía. Mi mama Lupe se fue con el deseo de verme titulada de abogada, y aunque eso no pudo ser posible, el día que recibí esa carpeta de cuero que documentaba mi profesión, supe con certeza que ella sonreía desde el cielo.

Mama Esther me duró por muchos años más, siempre portándose tan dulce y linda, preguntando si ya había comido, si me hacía falta dinero, si era feliz en el trabajo y ese tipo de cosas, ella solía tomarme de la mano cuando estaba cerca y permanecer así por mucho rato. Las últimas palabras que me dijo un mes antes de irse fueron, “mija, si a usted lo que le gusta es viajar, entonces viaje…”, y me regaló con eso, uno de los más hermosos recuerdos que conservo.

Tres años más estuvo papa Chachin aquí, y aunque en esos tres años le vi muy pocas veces, el tiempo valió oro a su lado, porque jugábamos a las cartas y me hacía reír, él solía recordarme las reglas del conquián y del póker, porque a mí con el tiempo se me olvidaban, y nunca jugaba con nadie más que con él, sospecho que a veces me dejaba ganar, pero me hacía creer que era por mérito propio.  

No quiero pensar que hoy es un día triste, aunque de alguna forma se siente como uno. Mi papa Chachin extrañaba a mama Esther, desde hace tiempo se quería ir con ella, así que prefiero visualizar este día como un hermoso día, el día en que se cumplió su voluntad, y que ahora ellos dos caminan de la mano, como en la fotografía que capture unos cinco o seis años atrás.

¿Qué porque escribo esto?, la verdad es que no lo sé, no pude decirle nada mientras permaneció inconsciente, ni siquiera era permitido verlo, no sé si cuando los seres queridos se van, se debe hablar al cielo para que te escuchen, o solo cerrar los ojos y pensar en lo que quieres decir, lo que sí sé es que me quede aquí con muchas palabras en la cabeza y en el corazón, con frases atoradas como “lo quiero mucho”, y “muchas gracias por todo” que no sé a quién expresar para que él las oiga, pero que, si las escribo y dejo huella de ellas, me mantendrán atenta a su recuerdo por todo el tiempo que aún a mí me queda.

Mi abuelo tenía el pelo completamente blanco y una de las sonrisas más sinceras que existen. Le debo muchas cosas, muchos bonitos recuerdos que permitirán endulzar los momentos en que le eche de menos, como cuando bailaba conmigo en la cocina y a la vez entonaba esa musiquita que se parecía a aquellas viejas canciones de algunos corridos de sus tiempos. Cuando cocinaba esos frijoles fritos con jalapeños o los hot cakes por las mañanas, las tardes junto a mama Esther, compartiendo ese trago de tequila mientras brindábamos diciendo “¡salud!”, o cuando me llamaba con voz enérgica, independientemente de la edad que yo tuviera, “¡Alba Rosa!, que bajes a comer”, y yo bajaba, porque era una orden suya.

Será raro ir a su casa ahora, “a la casa de los abuelos”, como hemos llamado a ese hogar en el que también viví, y será raro porque el nombre ya no tiene sentido, porque ya no quedan abuelos ahí.

Ya no podré encontrarme a mi papa Chachin dormido en el sillón mientras en la televisión se reproducen esas viejas películas de Pedro Infante o de Vicente Fernández, ya no podré abrazarlo y que me diga “¿cómo esta mija?, ¿cuándo va a volver a venir?”

Mi papa Chachin se ha ido, como se fue mi papa Rigo, y mi mama Lupe y mi mama Esther, y se ha sumado a la lista de ángeles en el cielo, pero también a la lista de personas que extrañaré para siempre.

Ha sido este un año muy duro, pero yo no soy nadie para poner en entredicho los designios de Dios, hoy más que nunca me creo esa frase de que solo él sabe porque hace las cosas.

Mi abuelo tuvo una vida hermosa, de él aprendí el valor del trabajo duro, me quedo con eso y con todo el cariño que me tuvo. Hoy está rodeado de paz y plenitud, y algún día volveré a verle de nuevo.  

ALBA

2 respuestas a “Hasta pronto, mi abuelo

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