Emociones de Cristal

“Un obsequio de Julia”
(Badalona, 2020)

Antes de que este virus llegara, solía creer que todo lo que necesitaba para poner en orden mi vida era una buena temporada de estar en casa, adjudicaba el ajetreo y los sueños pausados a la falta de tiempo y al exceso de trabajo en la oficina. En ocasiones llegue a decir que estaba tan cansada de todo, que sería un privilegio poder perderme del mundo por un rato.  

Hago alusión a todo esto porque llevo aproximadamente un mes y medio viviendo un “confinamiento a medias” y lo describo tal cual debido a que, en mi país, la cuarentena es más o menos flexible. Es una irresponsabilidad violarla, eso sí, pero no hay fuerzas policiales controlando rigurosamente la movilidad de las personas. Pues bien, ha sido durante este confinamiento que me he descubierto riendo de mis pasadas suposiciones, he atravesado ya por tantas fases emocionales, he ido del aburrimiento a la angustia, de la angustia al miedo, del miedo a la melancolía… que finalmente he entendido una cosa, que los días antiguos no eran tan malos ni caóticos cómo yo creía, ¡y los añoro tanto!, pues pese a la falta de tiempo y al exceso de trabajo, esos días me sabían mejor que los actuales.

Mazatlán, Sinaloa (Enero, 2016)

Puedo decir que hasta el momento he sido responsable, me he quedado resguardada bajo el techo de mi hogar tanto como he podido, únicamente salgo para cumplir con mi guardia laboral una vez a la semana, o cuando de plano de plano, es necesario ir al súper. Sigo las medidas de prevención tanto como puedo, pero de vez en cuando la realidad me golpea.

No puedo evitar sentirme impactada cuando, en el supermercado por ejemplo, veo a la gente actuar de una forma con la que no estoy familiarizada… ahora todos llevamos cubrebocas, caretas, guantes, lentes de protección y todo eso, los anaqueles se ven cada vez más vacíos a causa de que han parado la producción de muchas empresas, hay gestos de angustia en las personas si alguien de pronto comete el error de acercarse un poco más de la cuenta, en las miradas de todos se percibe el miedo de moverse, de tocar, de hablar o de pisar en tal o cual lado…

Playa Las Animas, Puerto Vallarta (Julio, 2016)

Probablemente a estas alturas debería estar ya acostumbrada, pero no lo estoy, ¡me niego a estarlo!, me niego a asumir que ahora vivimos de esta manera. Y sí, sigo el protocolo, mi consciencia social por fortuna, sigue ganando a mi ocasional apatía, pero no dejo de notar que está mal todo, que en el transcurso de pocos meses el mundo parece haberse ido al carajo.

Porque no puede ser normal que este muriendo tanta gente, que nos hayamos acostumbrado a lidiar con cifras tan tenebrosas todos los días, y pasemos de ello tan fácil. Olvidamos a veces que las cifras son personas… y yo creo que nadie quiere que su madre, padre, abuelos o uno mismo, se convierta en otra cifra más.

Islas Sanguinarias, Ajaccio (Julio, 2017)

Vivir de esta manera me va pasando ya factura, a medida que las semanas pasan, las emociones empiezan a manipularme. Una amiga describió estos días de una forma que me hizo sentir muy identificada, mencionó que todas las mañanas cuando despierta, tiene esa inquietante sensación de estar viviendo el mismo día… No pude evitar pensar en esas películas donde los protagonistas se enfrentan día tras día a la pesadilla de saberse averiados en el tiempo, repitiendo la misma historia una y otra vez, hasta que comienzan a volverse locos.

Bueno, pues esa es la versión más actual de mi misma.

Barceloneta, Barcelona (Julio, 2017)

Cuando inicio la cuarentena en México, recuerdo haber hecho un itinerario completo de todas las actividades que haría en casa para mantener mi mente, espíritu y cuerpo ocupados. He cumplido más o menos con el dichoso itinerario, pero eso no quiere decir que no esté sufriendo la situación de todos modos.

Soy afortunada y lo sé, y lo soy mucho, hay siempre comida sobre mi mesa, tengo un trabajo que hasta el momento no se mira peligrar, mi familia está sana hasta el día de hoy, yo lo estoy, y tengo a mi alrededor a muchísima gente que me quiere… conozco mi fortuna cuando me comparo con otros que han sufrido de manera más directa y despiadada los ataques de este virus, sea en la salud, sea en lo económico, sea en la forma que sea… en verdad que no tengo nada de que quejarme y no quiero que esta entrada haga parecer que lo hago… yo solo quiero plasmar mi sentir, porque escribir será siempre mi vía de escape favorita.  

La Jolla, San Diego, California (Diciembre, 2017)

Y es que, en las últimas semanas he pasado por todas las emociones que suelo experimentar en un año, es como si estuviera en una montaña rusa de sentimientos, y confieso que ya me tiene muy cansada. Me he vuelto hipersensible, lloro con facilidad, me enojo por tonterías, como que se me caigan las cosas o no pueda concentrarme en algo.

Últimamente la ansiedad me acompaña muy de cerca, me pisa los talones y me entran un montón de preocupaciones diversas. Cuando por fin la controlo un poco, me da por quedarme a nadar con la tristeza, recuerdo todos los instantes más felices de mi vida y me parece que ha transcurrido una barbaridad desde que ocurrieron.  

Pacific Coast Highway, Ruta 1 (Diciembre, 2017)

Sobre todo cuando miro fotos de viajes, entonces me descubro echando las lágrimas, como si estuviera mirando una vida pasada que veo demasiado lejana. Lo único que me calma es tomar el cuaderno y una pluma, y entonces ponerme a planear nuevos viajes, itinerarios y presupuestos, pues de esa forma me convenzo que mientras exista en mí el espíritu viajero, ninguna pandemia del infierno va a venir a joderme las cosas, ya habrá tiempo, me repito, ya habrá tiempo y ya habrá forma, y yo voy a conseguir cumplir mis sueños mientras esté dispuesta a luchar por ellos.

Es curioso y hasta un poco gracioso, que por primera vez en 31 años me esté pesando la soledad un poco. Siempre he sido un ser humano solitario, tengo mis amigos por ahí y mi familia por allá, voy a las reuniones de los sábados y a veces me da por hablar con extraños en la calle, pero al final del día, vivo en soledad la mayor parte de mi vida. Puedo ir al cine, a un restaurante o a algún bar sola, he viajado sola muchas veces antes y nunca he sentido la necesidad de tener compañía, pero ahora echo un montón de menos la interacción social.

Bahía de San Francisco, California (Diciembre, 2017)

A veces miró por la ventana cuando sale algún vecino de casa con su familia, y me pregunto cómo será vivir este confinamiento con otro ser humano, ¿pelearan?, ¿estarán hartos de verse todo el tiempo?, o es que tendrán muchas cosas en que entretenerse, no lo sé, yo solo veo mi imagen en el espejo todos los días y escucho mi voz cuando me da por pensar en voz alta.

El único día que puedo salir al trabajo, quiero abrazar a todo el mundo. Me pongo a platicar con los usuarios de cosas diversas a mi oficio, que si el virus, que si la escasez de insumos en las tiendas, qué si el clima, el confinamiento, alguna serie… y todo eso, busco casi cualquier pretexto para platicar con ellos, y por un momento siento como si estuviera por ahí echándome unas copas con algún camarada, porque últimamente es lo único que puedo tener.

Cancun, Quintana Roo (Enero, 2017)

Veo a mis papas y a mis hermanas a través de una pantalla, ellos están juntos, quizá volviéndose locos los unos con los otros, pero al final de cuentas, juntos, y pienso en lo absolutamente hermoso que es eso. A veces quisiera tener la habilidad de meter los brazos por el celular y estrecharlos a todos ellos, dejar que mi papa me pellizque las mejillas como hacía cuando era niña, o que mi mama me acaricie la cabeza, comer todos a la mesa mientras hablamos de los chismes del pueblo, y entonces me pregunto cómo es que antes los visitaba tan poco. Seguramente he pasado más meses sin ir a verlos cuando todavía podía, que los que llevo en este encierro, pero antes al menos sabía que podía visitarlos cuando quisiera, o que ellos podían venir en cualquier momento.

Un día desperté llorando, y creo que nunca antes había llorado dormida, es un descubrimiento interesante debo decir, ni siquiera sabía que era posible. He derramado más lagrimas que en doce meses juntos, y no lo entiendo, no existe un motivo, simplemente… comienza a dolerme el pecho, a dolerme físicamente quiero decir, y se siente como un vacío muy plano. Hay algo que está mal, pero no lo identifico del todo.

Bahía de Chetumal, Quintana Roo (Enero, 2019)

Aunque lo vislumbro, más o menos, y hasta puedo entenderlo, no me siento lista para “una nueva normalidad”, nunca me han gustado los cambios, no cuando son tan drásticos y repentinos, me cuesta asumirlos y necesito prepararme para ellos, pero ahora mismo nadie tiene nada claro, nadie sabe a ciencia cierta lo que pasara después.  

Sin embargo, incluso en estos días el dolor es inspirador, y a mí me gusta sacarle provecho. Cuando más triste me siento me pongo a ser creativa, cocino, escribo, decoro. También ocupo mi tiempo y no me tiro a la desgracia, leo tanto como puedo, no solo libros, sino entradas de otros blogueros, hago ejercicio, reparo cosas, veo series, juego con la cámara, y por fin me he puesto a avanzar a esa tesis de la maestría que ya hace más de seis años que tengo parada, en fin, hago todo aquello que antes no hacía por creer que no tenía suficiente tiempo… y mientras tengo el cuerpo y la mente ocupados, todo marcha bien, el mundo tiene de nuevo sentido y se me olvida un rato la crisis, pero nada más se llega la noche y estoy con el ojo abierto hasta las tres o cuatro de la mañana, mirando el celular, el techo o por la ventana, cerrando los ojos para recuperar el sueño, pero el sueño no llega, y me encuentro abrazando nuevamente la melancolía. A veces escucho esas canciones de Il Divo que me tenían tan embelesada en la preparatoria, o alguna que otra trova desgarradora, busco las canciones más tristes, porque curiosamente son las que me alivian más rápido.

Playa Piedras Pintas, Sonora (Agosto, 2019)

Estoy harta, súper harta, hartísima de las noticias, de los registros numerarios de contagios y muertes, y de los comentarios negativos que hablan de panoramas futuros atroces. No puedo durar más de cinco minutos en Facebook sin sentir la necesidad de cerrar la sesión, eso o ponerme a discutir con todo el mundo, sobre todo con aquellos altaneros arrogantes que tienen complejo de videntes, que se creen doctores en economía y especialistas en epidemias mundiales. Pff…

Últimamente, también pienso mucho en el mar, es como si lo extrañara y eso es rarísimo, porque donde yo vivo la playa más cercana queda a unas diez horas de distancia en coche, cuando mucho voy una vez al año, y si corro con suerte, unas dos veces quizá, sin embargo, tengo tantos deseos de ver el océano que me pongo a mirar viejas fotos, o incluso esas imágenes de google. Me he prometido qué cuando esto pase iré a Sonora o Mazatlán en la primera oportunidad, y voy a tirarme en la arena y voy a quedarme ahí durante muchas, muchas horas.

Mazatlán (Enero, 2016)

Hace unos días entre a Instagram y me encontré con la bonita foto que he puesto en la cabecera de esta entrada. Una amiga mía andaluza que conocí en 2017 y que vive en Badalona con su marido y niños, me la envío por mensaje después de que comentara una de sus historias en las que luce tan feliz. Julia siempre tiene una sonrisa para todo, incluso en cada uno de estos días de enfermedad y encierro, y eso es algo admirable. Me pareció de lo más lindo que me obsequiara un pedazo del mar, aunque fuera a través de una foto, porque de alguna manera, me regalo esperanza.  

Comprendo que en algún momento esto pasará, se controlará o aprenderemos a vivir con ello… y a pesar de ello. Quizá en algunos cuantos meses el coronavirus pasara a formar parte del catálogo de enfermedades con las que ya nos acostumbramos a vivir, como ha sucedido con la influenza, la viruela, la varicela y todas esas. Entiendo que en algún momento volveré a ver y abrazar a mis seres queridos, saldré a la calle, pisaré nuevamente un cine, viajare, volveré a dormir ocho horas seguidas y reviviré esas noches de salsa en la Vieja Habana…

Cancún (Enero, 2017)

Pero de momento se vale estar un poco triste. Una vez alguien me dijo que no debo culparme por sentir lo que siento, que las emociones no pueden ser reprochadas. A lo mejor luego mirare el mundo con otros ojos, no lo sé, a lo mejor esta situación era necesaria para que yo, y cada humano en el planeta aprendiéramos una lección… tampoco lo sé.  Pero hoy solo me queda asumir la situación, y asumir también implica entender que está bien sentirse mal, que está bien llorar y tener todas las emociones desajustadas, a conciencia siempre de que será algo temporal y de que más temprano que tarde, llegarán tiempos mejores.

En algún lugar del mediterráneo (Julio, 2017)

Alba

P.D. Las fotos del mar han sido para embellecer una entrada que pudiera parecer que es triste. Para mi el mar significa algo muy puro, algo muy lindo, algo esperanzador, y por eso es que quiero compartirles un cachito de él con mis fotografías. Abrazos en la distancia.

6 respuestas a “Emociones de Cristal

  1. Pues en nada ya estarás viajando y viendo rincones nuevos como antes de este maldito virus. Tienes razón en todo lo que comentas, sobre todo en lo de “normalizar” la cifra de muertos. detrás de esas cifras hay mucho dolor, el de las familias que se quedan rotas. Escribí algo parecido en una entrada que publiqué hace tiempo en Anhelarium. Dentro de unos meses, si todo sale bien, estarás en Sevilla o Cádiz haciéndote fotos, y en algunas de ellas apareceré yo a tu lado, jajajaja.

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    1. Verás que así será Álvaro!!! Creo que ya supere esa fase hiper emocional de locura jajaja, creo que he ido asumiendo la situación poco a poco (muy lentamente, debo admitir😅), pero tengo la certeza de que como bien dices, en unos meses estaré en Sevilla y en Cadiz y nos haremos fotos! Un abrazo grande!! 🤗

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