Bariloche (tercera parte): Paseo por Isla Victoria y Parque de los Arrayanes

Camino a Isla Victoria desde Puerto Arrayanes

Estaba acostumbrándome al olor de Bariloche, a esa mezcla de bosque y chocolate, y a medida que los días pasaban, mis ganas de conocer rincones de ese trozo patagónico se incrementaban. Cada nuevo paisaje fue siempre una grata sorpresa, me sentía como estar en un lugar de cuento de hadas, todo a mi alrededor era bonito y enganchaba, ¡Bariloche me tuvo enganchada todo el tiempo!

Pase la mañana curioseando en las chocolaterías, ¡desayunando chocolate, que era lo mejor de todo!, seguramente si mi madre lo supiera, ya me estaría cayendo un sermón de aquellos. A la una de la tarde tenía un tour en barco hacia la Isla Victoria con visita al parque de los Arrayanes, así que me gasté las horas caminando y comiendo dulce, tomando fotos por aquí y por allá, hasta que la hora finalmente se llegó y me dirigí a las oficinas de Turisur. Espere sentada en el exterior, a la espera del guía que habría de pasar a buscarme.

Mientras estaba ahí, una mujer de edad avanzada se acercó y pidió permiso para sentarse a mi lado, yo me moví un poco para dejarle lugar y al notar mi acento, rápidamente me pregunto de dónde era, respondí orgullosa que de México y entonces ella me dijo que había estado antes en el Caribe mexicano.

Al cabo de un par de minutos llegó Alberto, el guía asignado para ese paseo. El hombre nos indicó que debíamos subir a un autobús que nos llevaría hasta Puerto Pañuelo, sitio en donde íbamos a tomar el barco hacía la isla. Amablemente nos obsequió un chocolate marroc de bienvenida y entonces nos dirigimos al destino.

Para poder abordar el barco debimos pagar una cuota que no incluía el precio del paseo y que consistía en la tasa de embarque y el pago por la entrada a Parques Nacionales Argentinos, al final acabe pagando 500 pesos extra, pues el ser extranjera incrementaba la tarifa, como era de esperarse.

Me impresioné al ver el barco, yo elegí el Modesta Victoria porque de entre los dos que ofertaba la compañía, ese a mi juicio era el más bonito, con su estilo antiguo y bonita fachada que trasladaba a otra época. El Modesta Victoria además, contaba una historia interesante, pues fue construido en el año de 1937 en Holanda y posteriormente llevado a Bariloche en piezas por medio de un barco, donde finalmente se armó y comenzó su navegación con fines turísticos.

Subí al Modesta emocionada, he de decir que los paseos lacustres siempre me han encantado, la idea de ir navegando sobre el agua me produce mucha paz y tranquilidad, creo que podría hacerlo todos los días y nunca cansarme. Navegamos el Nahuel Huapi por aproximadamente 50 minutos, durante ese tiempo disfrute mirando el agua del lago y las montañas a lo lejos, tal combinación en el paisaje parecía digna de una postal. Al cabo de un rato, las gaviotas comenzaron a volar persiguiendo el barco, esperando con seguridad que alguno de los visitantes las alimentara.

La primera visita se realizaría al Parque de los Arrayanes, un sitio famoso por sus árboles color rojizo ubicados en la provincia de Neuquen. Una de las guías que se adiciono al paseo nos explicó que estos árboles únicamente existían en la Patagonia, y que el color canela de sus troncos, el cual había perdurado por muchísimos años, se había visto afectado por las cenizas de un volcán chileno, que cayeron sobre el territorio de Bariloche y alrededores durante bastantes meses, situación que afecto a la flora y a la fauna, y que paralizó el turismo de la región, de hecho en casi todos los tours que tome, los guías hacían mención de tan lamentable acontecimiento.

Llegamos a Puerto Arrayanes y desembarcamos. Previamente nos fue explicado que el paseo se haría caminando y a nuestro ritmo, respetando desde luego los tiempos pactados por la compañía de turismo, para recorrer el parque debíamos limitarnos al circuito cercado que comenzaba en el muelle y finalizaba a pocos metros de la cabaña que todos conocen como “la casita de Bambi”, por su particular forma en medio de ese bosque precioso que le da aspecto de pertenecer a un cuento de hadas. También nos aclararon que Disney no tenía nada que ver con la denominación de ese lugar, pues muchas personas llegaron a confundirse y pensar que aquella construcción pertenecía a la compañía estadounidense y que había sido creada en honor al personaje ficticio, sin embargo aquel era un error común, y que la casita pertenecía al parque, y la razón de su existencia era únicamente para funcionar como cafetería y ofrecer productos a los visitantes.

Debo decir, siendo muy honesta, que en base a las fotos que había visto en internet, imaginaba los arrayanes más rojos. Sin embargo yo solo vi arrayanes grises que mostraban algunas manchas canela en sus troncos y ramas. Recordé la historia de la ceniza volcánica y me causo un poco de pena no haberlos conocido antes, cuando todavía tenían ese color fascinante y formaban un paisaje digno de historias de fantasía.

Mientras avanzaba en el circuito aproveche para tomar fotos de todo lo que iba encontrando, pero admito que disfrute más las vistas desde el puerto, lo cual no es de sorprender, pues siempre me he decantado ante cualquier paisaje que muestre algún bonito cuerpo de agua, sea el mar, un lago o un río.

Volví al Modesta Victoria y minutos más tarde ya estábamos nuevamente en marcha, anduvimos por alrededor de quince minutos hacía la Isla Victoria, donde se pronosticaba pasar un buen rato de descanso. Apenas desembarcar, me dirigí a la Playa del Toro, pues el guía la recomendó mucho y a mí me apetecía hacer unas bonitas fotos ahí y pasar la tarde mirando el lago y las montañas. Mientras atravesaba por uno de los puentes del pequeño puerto, escuché una vocecita entusiasta gritar “¡Albaaaa!”. Reconozco que mi primer pensamiento fue… “¡Qué Diablos!”, estaba en Argentina, a miles de kilómetros de distancia de mi casa, ahí nadie me conocía. Pero entonces reconocí a Gianna entre la gente, sí, esa misma niñita de diez años tan hablantina con quien compartí asiento el día anterior en la Ruta a San Martín de los Andes. La salude emocionada, y a su hermana y su madre que se encontraban con ella, me contaron que habían hecho el paseo en la mañana y que estaban esperando a su barco para volver a Bariloche, ¡me encantan estas coincidencias de la vida!, sobre todo cuando ocurren a 8537 kilómetros de distancia… o algo así, (consulte el maps, desde luego).

Caminé por unos diez minutos hacia la playa, de principio estaba un poco perdida, iba entre senderos y no sabía muy bien que ruta seguir, así que hice lo que todo el mundo hace y que muchas veces resulta una apuesta efectiva, seguí a las demás personas. Un par de minutos más tarde me percate que los letreros dando las indicaciones estuvieron siempre en los árboles… ¡así de distraída soy!

¡Uff!, esa playa es bonita, con el agua turquesa clara en las orillas, brillando por el baño solar que recae sobre el lago a esa hora del día. Había gente dándose un chapuzón, yo me centre más en las fotos y en sentarme a contemplar la belleza del lugar, estar ahí me recordó porque me gusta tanto viajar, pues al hacerlo conozco sitios que me hacen sentir que contemplo el paraíso… ¡es maravilloso!

Acomode la cámara en el trípode e hice veinte mil intentos para que no me quedara la foto chueca, no me importo que la gente me mirara raro cada vez que programaba el temporizador y luego corría a tomar mi pose en el lugar seleccionado y viceversa, a estas alturas creo que ya me he acostumbrado.

Playa del Toro en Isla Victoria

Al cabo de hora y media o dos, volví nuevamente al puerto, el Modesta no tardó en aparecer de nuevo y volvimos a embarcar para volver a Bariloche. Ya a bordo, coincidió que me sentara frente a la mujer anciana que me había pedido permiso para sentarse a mi lado afuera de las oficinas de Turisur. Al tenerla más cerca me fijé en sus bonitos ojos azules, surcados por arrugas adquiridas en años pasados, y me di cuenta que tenía una mirada honesta y tierna. Comenzamos a platicar un poco, ella me dijo que se sentía muy triste después de haber visto el Parque de los Arrayanes con esa pérdida asombrosa del color canela, me dijo que ella conoció los árboles en otro tiempo y que era un sueño la forma en que lucían antes, me hablo sobre sus diversas visitas a Bariloche y reconoció que después de ver a los arrayanes tan grises, regresaba con pena a casa.

Me llamo la atención la forma en que se expresaba, con mucha pasión al hablar sobre lugares y sitios, con el sentimentalismo que siempre me engancha a las personas, porque la gente que siente, vibra, y eso siempre acaba proyectándose hacia los demás. También me llamo la atención que alguien de su edad no llevara compañía, por alguna razón boba le pregunte que con quien iba, asumiendo indefectiblemente que iba con alguien más, y entonces ella respondió de una forma asombrosa:

“Oh no nena, yo llevo más de 30 años viajando sola por el mundo”

Y juro que ese momento fue precioso, fue perfecto y me quede muy sorprendida, porque sentí como si me hubiera encontrado con la persona que aspiro ser en el futuro, como si estuviera reconociendo a una versión idéntica a mí, como un alma gemela viajera… es difícil de explicar. Vi en esa mujer el amor que yo siento cuando viajo, la emoción que me eriza la piel y que me vuelve loca, aquel enamoramiento ingenuo que siempre, en cada viaje me deslumbra.

Y pase la siguiente hora y media escuchando atenta todo lo que ella me contaba, me hablo sobre Balí, sobre El Cairo, Londres y París, me contó sus aventuras en Marrakesh, sus andares en ciudades canadienses y me hablo de lo hermoso que era Suiza, yo me quede anonadada escuchando como hablaba de tantos lugares. Me dijo también que ella no tenía plata, que nunca había tenido plata, “porque la plata se la gastaba viajando” y juro que me encanto esa frase. Me hablo también de su hijo convertido en un señor, y de su nieta que había sacado el mismo espíritu viajero que ella, me reveló la edad exacta en que empezó a sentir pasión por los viajes, y como había maniobrado sus actividades de profesora y madre soltera con su gusto de perderse por el mundo, la mayoría de las veces sola, porque su hijo curiosamente, era todo lo contrario a ella, y contó esta historia con una sonrisa en los labios mientras negaba con la cabeza… “¡No entiendo como mi hijo, teniendo una madre como yo, puede tener tan poco gusto por los viajes!”, repitió entre risitas y yo sonreí con ella, porque tampoco lo entendía, y porque estaba encantada escuchándola.  Me hablo de su visita a México, y mientras describía las fascinantes playas del caribe y de Acapulco, me sentí tan orgullosa de haber nacido en esta tierra que le había gustado tanto. Esta dulce anciana me dio también un consejo grandioso, “de viajera a viajera”, así me dijo, y yo me sentí tan agradecida por eso.

Ella me dejo sin habla en todo el camino (y eso, debo decir, es muy difícil jajaja), estaba tan emocionada escuchándola que nunca le pregunte su nombre, era como si no quisiera desperdiciar el tiempo, como si quisiera empaparme de todas sus anécdotas de vida. Finalizó su relato contándome que su último viaje lo haría en este año, me dijo que estaba cansada por razones propias de su edad, que las piernas ahora le dolían y ya no podía recorrer tantas cosas como antes, que intentaría seguir viajando por Argentina, pero que ya más lejos le era difícil, así que iba a despedir una vida de viajes en Galicia, pues ese sitio siempre había llamado su atención. Entonces confirme que esa mujer era definitivamente una versión mayor de mi misma, porque hablo de España con esa misma ilusión con la que yo hablo cuando he de decir algo sobre ese país, que me tiene tan embobada desde niña, y me parece grandioso que sea allá donde ella quiera hacer su último viaje internacional.

Al llegar a Bariloche bajamos en la misma calle y ella me dio un abrazo, ese abrazo se sintió tan cálido como el de una abuela. Lo último que me dijo fue “que gusto conocerte niña, y no olvides mi consejo”.

Yo regrese al hotel con el corazón hinchado por todas las emociones que me dejo ese día, y lo primero que hice al entrar a la habitación fue escribir la experiencia en ese diario de viajes que siempre llevo conmigo, porque no quería olvidar nada de lo que ella me había dicho.  

4 respuestas a “Bariloche (tercera parte): Paseo por Isla Victoria y Parque de los Arrayanes

  1. Bariloche está lleno de bonitos paisajes 😍 nos has dejado con ganas de ver más fotos de la isla y el parque 😍 aunque la historia con la señora viajera… se lleva la palma! Nos encanta conocer gente, sobretodo si es tan interesante. Seguro que tenía mil historias que contar 😍. Deseando ver la 4 parte de Bariloche! Un saludo y un abrazo muy grande.

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    1. Un abrazo gigantesco hasta Galicia para ustedes dos!! Gracias por comentar la entrada, estoy convencida de que Bariloche va a enamorarlos, ojalá puedan conocerlo en un futuro próximo. Besos chicos!! 🤗

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  2. Me hubiera encantado estar disfrutando de esos hermosos paisajes desde el Modestia Victoria contigo, Alba. Sabiendo todo lo que disfrutar viajar, que es toda una pasión para ti, me alegra y me satisface mucho comprobar lo bien que en este viaje, como en tantos otros, lo llegaste a pasar. Sé que eres feliz viajando, sólo espero que viajes muchísimo más en lo que te queda de vida, que también espero que sea mucho.

    Muchos besos, Alba.

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    1. Te hubiera encantado Álvaro, estoy convencida de que se te hubiese cortado el aliento al mirar el paisaje patagónico, ese probablemente fue uno de los mejores momentos del viaje, cuando el Modesta navegaba y veías el inmenso lago y las montañas con los picos nevados al fondo… Es que yo no cabía de gozo!

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