Sonora: Donde el desierto se encuentra con el mar

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Iban a dar las dos de la mañana del 28 de julio y yo seguía despierta en mi habitación mirando incansablemente el techo, luego veía la hora en el celular y de nuevo volvía la mirada al techo, el sueño comenzaba a manifestarse, pero me daba la mar de miedo quedarme dormida y perder el autobús hacia Hermosillo.

Era la primera vez en cuatro años desde que comencé a viajar por mi cuenta que no sentía un gran entusiasmo. En ese momento me sentía melancólica, cansada y con la mente un poco embotada.

En mi trabajo comenzaban a manifestarse ciertos problemillas que me impedían incluso disfrutar adecuadamente el inicio de esas vacaciones. Tanta energía tirada en la oficina me hacía sentir desgastada. A pesar de eso me convencí de no permitir que los problemas laborales empañaran mi viaje, pensaba tener una buena actitud al llegar a Sonora y definitivamente iba a intentar disfrutar por sobre todas las cosas.

“Al mal tiempo buena cara”, no había más opciones.

Y efectivamente, la emoción comenzó a surgir cuando por fin a bordo del autobús y a través de la ventana, pude ir contemplando la impresionante sierra de Chihuahua que de a poco se fusionaba con la sierra Sonoroense, y que me mostraba un paisaje interminable de bosques y barrancos, ¡una maravilla fuera de serie si me lo preguntan!

Hermosillo fue inicialmente solo el lugar en el que había que cambiar de autobús, pues mi destino era la pequeña ciudad de Guaymas, donde estaba el hotel que había reservado y desde donde podía trasladarme a San Carlos, una localidad situada a veinte minutos en coche que es famosa por la belleza de sus playas y por su impresionante mirador escénico.

Llegue a eso de las veinte horas al hotel, me registre y mis planes inmediatos fueron dormir todo lo que no había podido hacer la noche anterior.

Me desperté en la mañana del día siguiente con un ánimo más agradable y ya repuesta de sueño y energías, el entusiasmo por el nuevo viaje estaba ahí latente y me sentí agradecida. Después de dejar el hotel comencé a andar bastantes cuadras a pie, en busca del autobús que me llevara a la playa Miramar de Guaymas, había leído buenas críticas en internet y la gente del hotel también la recomendó, así que antes de visitar San Carlos quería pasar un día ahí.

Quien me conoce sabe que yo cuando viajo soy de explorar bastante. No me importa reventarme los pies tras las andanzas, si he de caminar largos tramos lo hago y muchas veces acabo con dolorosas ampollas, pero me gusta explorar y descubrir por mí misma el mundo en el que habito, así que aunque cansada, acalorada y perdida, al final acabo sintiéndome muy satisfecha cuando consigo llegar a mi destino, porque además hacer eso me brinda la oportunidad interactuar con la gente, parar y conversar de vez en cuando con algún lugareño, preguntarle cómo llegar a determinado sitio y hasta conseguir buenísimas recomendaciones sobre qué visitar o qué comer o qué actividades hacer, me gusta conocer las historias locales, pues nadie conoce mejor su tierra que los que habitan en ella.

Miramar fue en verdad una playa muy acogedora, rodeada de cerros y con aguas de una tonalidad azul verde muy cristalina. Nadar ahí es como estar en una alberca gigante, pues la actividad de las olas es relativamente escasa y el peligro de ser arrastrado por una es relativamente bajo, quizá por esa razón esa playa es visitada sobre todo por familias que van con niños pequeños.

Apenas llegar me eche sobre la arena a contemplar el mar, y es que contemplar el mar es probablemente una de las cosas que más me gusta en la vida, quizás esa sea la razón de que hasta el momento la mayoría de los sitios que he visitado guardan algún pedazo oceánico que admirar.

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Para el medio día ya me había olvidado del trabajo y los problemas, y en cambio me sentía súper relajada al estar rodeada por toda esa belleza.

En la tarde di una caminata por el pequeño y solitario andador de Miramar e hice un par de fotos. Fue gracias a una familia regia que me entere que ahí, en mitad de un enorme círculo delimitado por pintura azul se encontraba un foco tonal, una especie de centro de energía en el que se produce un curioso fenómeno, y este es que cualquier sonido que se emita sobre el mismo produce un marcado eco. Es algo raro, porque dicho centro de energía se encuentra al aire libre, mientras que el eco que produce genera la sensación de salir de entre paredes en un sitio cerrado.  Yo desde luego no me pude resistir, así que me pare sobre el círculo azul y comencé a hablar en voz bajita, descubrí que efectivamente había eco. Hasta ese momento yo no sabía nada sobre focos tonales, pero apenas llegar al hotel me puse a investigar un poco y leí que había personas que asociaban dichos centros con sitios de energía cósmica capaces de tener propiedades curativas para el alma o incluso a nivel físico. Por supuesto hay quienes también lo desacreditan y refieren que únicamente se trata de un fenómeno meramente acústico.

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El segundo día me decidí a tomar el autobús hacia San Carlos, fue relativamente fácil dar con él ya que pasaba a un lado de mi propio hotel. Investigando supe que aunque San Carlos quedaba cerquita, los taxis cobraban entre 250 a 300 pesos por llevarme, y luego la misma cantidad para volver, lo que generaba un gasto promedio de entre 500 y 600 pesos, muy elevado para tratarse de un sitio cercano. Sin embargo, también me entere gracias a los lugareños que el autobús local pasaba cada 15 minutos y cobraba solo 17 pesos por pasaje. La diferencia era notoria así que no dude ni un poco en irme en autobús.    

En cada ocasión de los tres días que visite San Carlos me baje en el Boulevar, la zona comercial más conocida. Ahí tomé un taxi y conocí a Don Gilberto, un agradable anciano que me fue contando bizarras anécdotas sobre ovnis y curiosas experiencias que él mismo había vivido. Don Gilberto me dejo en la cima del cerro que acoge el mirador y se comprometió a ir a por mi luego.

La posibilidad de conocer el mirador escénico era algo que me emocionaba bastante, había leído que la revista National Geographic lo catalogó como uno de los miradores con vista oceánica más bellos del mundo y yo sin duda quería comprobarlo.

A partir de ahí es posible observar una parte del golfo de California y la cima del cerro del Tetakawi, uno de los más grandes en San Carlos. Estuve bastante rato disparando fotos y contemplando la belleza del océano y del desierto. El aire olía a mar y las montañas que lo contenían se encontraban recubiertas por cactus de diversas especies.

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Previo a llegar al mirador, Don Gilberto me había dicho que en la base del cerro se encontraba la playa de Piedras Pintas, por lo que podía bajar a refrescarme un rato siguiendo el caminito del cerro hasta la carretera. Hacerlo fue una labor cansada, pues el sol del medio día estaba quemando como nunca y a pesar de llevar una sombrilla, ésta realmente no ayudaba mucho ya que acababa volteándose ante cualquier viento ligero. Iba por la mitad cuando empecé a sentirme un poco deshidratada, el calor del desierto es duro sobre todo cuando se pasa tanto tiempo en exposición. Por un momento se me pasó por la cabeza que si algo malo llegaba a ocurrirme nadie iba a darse cuenta, esa manía mía por aventurarme en sitios desconocidos un día podía meterme en un problema.

Sin embargo cuando por fin llegue a la playa olvide todo el cansancio y el temor, ver el mar me hizo sentir tan llena de gozo que al instante me saque los zapatos y corrí a meter los pies en el agua. Llevaba una pequeña hielera conmigo, de ahí saqué una cerveza que para mi suerte continuaba estando fría, la destape rápidamente y me senté en la arena mojada a beberla con un gusto. Ahí me quede, refrescándome la garganta, sintiendo como la espumosa agua de las olas me bañaba los pies, mirando el horizonte embelesada. Llore un poco, por tonterías quizás, porque el mar me hace llorar a veces, creo que ya lo he dicho antes, es cómo si me purificara, porque me muestra la ironía de la vida, porque me hace dar cuenta de que a veces sufro por situaciones que no merecen la pena, al contemplar lo impresionante de su inmensidad comprendo lo chiquitos que son mis problemas y lo corta que es la vida humana como para gastarla pensando en tonterías.

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Estuve ahí bastante rato, haciendo nada más que estando en armonía con ese pedazo de naturaleza que me rodeaba. Fue un momento bonito, seguramente el mejor de todo el viaje.

Por la tarde llame a Don Gilberto y él me llevo de regreso a la parada del autobús. Me arrepentí un montón de no haber rentado un coche, pues el paseo sin lugar a dudas hubiese estado mejor si podía trasladarme a mi propio ritmo por un montón de lugares.

El día tres decidí visitar Los Algodones, otra de las playas paradisíacas de San Carlos. La particularidad de este sitio recae en que la playa se encuentra rodeada por montículos o dunas de arena. Es un escenario precioso a la vista. Ahí rente una sombra frente al mar y estuve tirada buen rato mientras leía el Buick 8 de Stephen King y miraba de vez en cuando el mar que rompía con gracia en la orilla y a veces me empapaba los pies.

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Volví a Guaymas pasado el mediodía, me pedí una pizza al hotel y ya el resto de la tarde la gaste descansando y mirando televisión.

El cuarto día volví a Miramar, ese sitio de Guaymas con el agua tan clara y perfecta para nadar. Ésta vez estuve más tiempo en el andador,  me coloque sobre el foco tonal y ahí pedí un deseo, como si se tratara de una estrella fugaz jaja, ¡ni siquiera sé que tan válido sea eso, pero… qué va!, en los viajes me da por pensar locuras, y quizá así mi deseo pueda llegar a las entrañas de la tierra y volverse eco hasta que la ley de la atracción del universo acoja mis palabras y las vuelva realidad, ¡juro que no estoy loca!, jajaja.

Finalmente el último día regresé a San Carlos para despedirme de tan bello sitio, lo hice en Playa San Francisco, un lugar también precioso a pesar de que la arena es rocosa y está recubierta por conchas blancas y caracolas. Ese día encontré la playa completamente vacía. No había ni un alma cerca, ¡ni siquiera vi gaviotas!, estuve bastantes horas ahí tomando fotos, leyendo, relajándome como nunca.

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Los posteriores días los pasé en Hermosillo, la capital de Sonora. El calor ahí era infernal, las temperaturas oscilaban siempre entre los 45 y los 49 grados, ¡una cosa terrible!

Visite el centro histórico, la catedral dedicada a la Virgen de la Asunción, el palacio de gobierno y hasta ese trágico monumento levantado en protesta por la muerte de los 49 bebes que sucedió en el incendio de la guardería ABC durante el año 2009. Duraba en la plaza lo que el calor me lo permitía, recuerdo cierto día que quise comerme un helado y a los segundos éste ya estaba comenzando a derretirse sobre mi mano.

En Hermosillo probé las famosas “coyotas”, una especie de empanadas rellenas de jaleas dulces como el piloncillo y la cajeta, mi favorita fue la de jamonsillo. También es un lugar caracterizado por la excelencia de su carne asada, sin embargo no tuve oportunidad de probarla, ya que estuve de un lado para otro todo el tiempo y no me di a la tarea de buscar un buen sitio.

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Deje Sonora al cabo de ocho días de caminatas largas, de quemaduras por el sol, de reflexiones profundas, de golpes de calor, de baños en el mar, de pizza a media tarde. Puedo decir que este viaje se sintió un poco más especial que los otros. Aunque los otros guardan su valía particular, ahí estuve más sola que nunca, visitando sitios muy deshabitados, conviviendo con las más impresionantes bellezas naturales, escuchando a las chicharras chillar, esas mismas que tanto confundí con serpientes de cascabel por el sonido similar, fue un viaje en que sentí dicha, pero también sentí tristeza y agobio y sentí miedo, pero cada sensación me aporto un poquito más de fuerza y me dejo con un sentir agradecido.

Sonora ha sido sin lugar a dudas un viaje que atesorare en los primeros lugares de mis más valiosos recuerdos.

 

4 respuestas a “Sonora: Donde el desierto se encuentra con el mar

  1. Unas playas espectaculares 😯 la verdad es que invitan a la relajación y a la desconexión 😊 en santiago de compostela (nuestra preciosa ciudad) hay un banco en plena Alameda, rodeado de árboles y unas vistas preciosas de la ciudad al fondo, se llama el banco de los enamorados. ¿cuál es la razón? Antiguamente estaba mal visto eso de ligar y todo se tenía que llevar en secreto hasta bien poco antes de la boda. En este banco se sentaban las parejas, uno hacia un lado y el otro disimulando hacia el otro. Hablando bajísimo desde una esquina escuchas perfectamente desde la otra, prácticamente como si te hablasen al oído. 🥰 ahora sabemos que es un foco tonal 😁 un besazo 😘😘

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    1. Muchas gracias por tu comentario!! Que interesante lo que cuentas sobre ese banco de los enamorados, lo cierto es que hasta hace bien poco yo supe lo que era un foco tonal al descubrirlo en Sonora jeje.

      Un abrazo para ambos hasta su Galicia hermosa!

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  2. Tus viajes son una maravilla Alba, y esas fotos…Si uno se maravilla con sólo verlas me puedo hacer una vaga idea de lo que se debe de sentir estando presente en esos lugares. Te lo he dicho ya alguna que otra vez, pero tú me vas a despertar el espíritu viajero que tan dormido está dentro de mí.

    Muchos besos, linda.

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    1. Viajar es seguramente una de las mejores cosas que tiene la vida!, ya lo descubriras en su momento, me encanta que mis viajes te esten despertando ese espíritu viajero!!. Las fotos no le hacen ninguna justicia a esos paisajes Álvaro, cuando estas ahí mirando todo en su esplendor y embriagandote de los aromas de cada sitio, la vida se presenta absolutamente perfecta. Muchos besos guapo!

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