Roadtrip por California: Segunda Parte

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Tras la noche en Disney que nos recordara tanto la niñez, mis amigas y yo despedimos Anaheim a primera hora de la mañana del día siguiente y emprendimos la marcha con dirección a Santa Mónica.

Ese día nos encontrábamos especialmente emocionadas por tomar la Pacific Coast Highway,  o como todos la llaman, la ruta 1, una de las carreteras panorámicas más hermosas de los Estados Unidos, catalogada así porque permite admirar el grandioso mar del pacifico durante el trayecto y visualizar sitios verdaderamente hermosos.

Tomar la pacific nos obligaría a hacer una desviación de un par de horas, así que de primer momento dudamos, pero las fotos que vimos por internet eran tan impresionantes que acabamos convencidas de que queríamos seguir esa ruta. A mí en lo particular me originaba mucha ilusión ir admirando el mar a un lado de la carretera.

Llegamos a Santa Mónica rápidamente, pues desde Los Ángeles solo se hacen unos 30 o 40 minutos. Lamentablemente aquel día no podíamos quedarnos mucho tiempo, solo disponíamos de un par de horas para echar algunas fotos, relajarnos un rato y luego volver al auto ya que nuestro destino era San Francisco y teníamos entendido que como mínimo se hacían unas nueve horas de camino. Apenas estar en Santa Mónica condujimos al sitio donde se encuentra el largo muelle que da al mar, el cual es uno de los puntos más visitados por los turistas ya que se encuentra a un lado de la playa y alberga en sus alrededores al parque de diversiones Pacific Park, tales elementos en conjunto resultan muy atrayentes a la vista, además de que pasear por ahí sabe muy bien y siempre pueden hacerse muy buenas fotos.

Ya en el muelle las chicas y yo decidimos separarnos un momento, queríamos andar por ahí a nuestra cuenta, y no es que estuviéramos molestas entre nosotras ni mucho menos, simplemente nos apetecía un rato a solas para disfrutar cada quien a su propio ritmo.

Esa pequeña caminata me aportó un montón de paz, me sentí relajada al transitar por el muelle mientras observaba la playa y las vistas de la rueda de la fortuna del Pacific Park. En los alrededores había muchos puestos de venta de souvenirs y refrescos, una apasionada mujer interpretaba con voz preciosa alguna canción de Amy Winehouse, mientras que más adelante, un anciano de sonrisa amable extraía una bella melodía desde las cuerdas de un violín. El ambiente bohemio y tranquilo de esa mañana no tardo en engancharme.

El paseo por el muelle de Santa Mónica me pareció incluso romántico, una gran opción para los enamorados, es uno de esos sitios en el mundo que te dejan con la sensación de querer volver, pero la siguiente vez acompañado por alguien… creo que el lugar se presta para amenizar el romanticismo.

Después de caminar por el muelle unas dos veces y de hacer muchas fotos, recuerdo que pare en una banca y me senté a mirar el agua del mar que en ese lugar lucía con una tonalidad esmeralda oscuro, estuve ahí largo rato sin hacer nada, simplemente me apetecía mirar. Recuerdo también haber querido inmortalizar ese momento, congelarlo para siempre y ahí quedarme. ¡me sentía tan bien!

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Son embargo no pudimos estar más tiempo, era preciso retomar la carretera si no queríamos que la noche acabara encontrándonos antes.

Fue a partir de Santa Mónica cuando tomamos la ruta Pacific Coast Highway. Yo me sentía en mitad de una peli, solo me faltaba un coche descapotable rojo y un pañuelo en la cabeza jajaja. Al pasar por Malibú se nos ocurrió una tonta idea, decidimos orillar el auto a un lado de la carretera para así bajar y tomarnos una foto frente a uno de los señalamientos que anunciaban la ciudad. Estábamos en mitad de eso cuando una patrulla de la Border Patrol se detuvo a un lado del coche y desde la ventana un policía norteamericano nos habló en inglés, yo en ese momento me preocupé, pensé que estábamos fritas y que seguro habíamos cometido una falta a la ley de tránsito o algo así, sin embargo no fue el caso, el agradable sujeto de la police estadounidense solo quería preguntarnos si estábamos bien y sí habíamos tenido problemas con el coche. Respondimos que todo iba perfecto y rápidamente nos pusimos nuevamente en marcha.

A medida que avanzábamos iba cada vez más impresionada con la Pacific, ¡qué maravilla de carretera!, el sol coloreaba secciones del mar con doradas y brillantes tonalidades y en ciertos sitios de montaña podíamos apreciar acantilados verdaderamente impresionantes.

Al cabo de un par de horas pudimos parar en una área abierta para hacer fotografías del auto y de nosotras con el océano de fondo, para ese momento ya estaba oscureciendo, así que los colores rosados y naranjas del cielo completaban el escenario perfecto.

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Media hora más tarde volvimos al coche y  nos pusimos en camino, lo que siguió a continuación fue un episodio tétrico que en su momento nos hizo sentir que estábamos siendo las protagonistas de una verdadera película de terror. El miedo nos congelo y hasta llegamos a creer que no la libraríamos, pero eso quizás lo cuente luego en alguna otra entrada, al final todo resultó ser un malentendido y pudimos salir sanas y salvas de esa carretera y de esa situación.

Llegamos a San Francisco a eso de las dos o tres de la mañana, nos quedamos impactadas al ver cómo nos recibía una ciudad de rascacielos y luces. Registrarnos en el hotel fue una labor complicadísima, el recepcionista solo hablaba inglés y no conseguíamos darnos a entender. En ese momento comprendimos que ya estábamos muy adentradas en el estado de California, pues en los Ángeles y en San Diego era fácil encontrar gente que dominara o entendiera el español debido a la gran presencia de la comunidad latina. Rendidas de intentar, acabe llamando a mi prima en mitad de la madrugada ya que ella sabe inglés porque tiene habitando los Estados Unidos desde muy pequeña. La pobre tuvo que explicarnos que el recepcionista llevaba tiempo queriéndonos decir que el hotel no contaba con estacionamiento por encontrarse en el centro de la ciudad, que podíamos aparcar en la calle por ese rato, pero que forzosamente debíamos retirar el auto a las seis de la mañana, tiempo en que la máquina barredora pasaría para limpiar las calles.  Ingresamos a la habitación hechas polvo, y fue seguramente por ese cansancio acumulado que no escuchamos el despertador sino hasta las 06:30 de la mañana. Como poseídas por el miedo salimos de la cama y del hotel en pijama y sin abrigo, echamos a correr hacia el lugar donde dejamos el coche, por un momento imagine que se lo había llevado la grúa, por suerte el auto seguía ahí, aunque presumía un horrible, alargado y blanco sobre sobre el parabrisas…, sí, definitivamente era una multa, 73 dólares nos costó la imprudencia.

Para evitar problemas decidimos pagar un estacionamiento y guardar el coche durante los días que íbamos a estar en la ciudad. Antes del mediodía salimos del hotel, nuestra intención era conseguir el pasaje del city tour para recorrer los puntos más visitados de San Francisco, yo me moría de ganas por conocer el puente Golden Gate y las chicas y yo teníamos planes de investigar sobre la salida de ferrys a la isla de Alcatráz, donde pretendíamos conocer la famosa prisión.

Hacernos de los pasajes del city tour fue otra labor difícil a causa del idioma ya que no lográbamos dar con el sitio de venta, finalmente tuvimos la suerte de coincidir con una agradable pareja de latinos radicados en Nueva York, estuvimos platicando un rato y ellos fueron quienes nos apoyaron para encontrar a la gente que podía vendernos los tickets.  Fue así como alrededor de las tres de la tarde tomamos el primer autobús que salió de Union Square.

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Unión Square está en el corazón de San Francisco, justo en el centro y está rodeado por altísimos edificios y bonitas plazas.

Estuvimos paseando por largo rato en el bus, escuchando el audio guía y conociendo interesantes datos sobre la ciudad, bajamos en el Pier 39, lugar donde se ubica la zona marítima de la Bahía, desde ahí admiramos las vistas de la isla de Alcatráz y contemplamos a lo lejos la prisión que ha inspirado a tantas películas. Nos hicimos de los boletos del ferry y volvimos al autobús.

Tuvimos la mala idea de elegir ir en la zona descubierta del camión, y digo mala idea porque no contábamos con lo helado que se sentiría el viento yendo ahí, al punto de calar hasta en los huesos. Recuerdo un momento en que ya no pude más con ese frío y tuve que agacharme completamente y abrazar mi cuerpo con los brazos para proveerme un poco de calor. No había forma de bajar y refugiarnos dentro, el autobús iba a tope de gente.

Al llegar al Golden Gate bajamos un rato, echamos un par de fotos, y nos fuimos. El clima estaba muy frío para esa hora y había comenzado a llover, nos hubiera gustado recorrer el puente andando, pero nos avisaron que aquella era la última ruta que iba a hacer el city tour, por lo que preferimos volver al hotel y así regresar al puente el último día antes de marcharnos, de ésta forma podíamos aprovechar para conocer el poblado de Sausalito, al que se accede atravesando el Golden Gate.

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San Francisco fue la parada más cara de aquel roadtrip, incluso la gasolina estaba un par de dólares por arriba del precio usual.  La comida, los hoteles, las atracciones, todo fue más caro.

El siguiente día nos levantamos temprano y nos dirigimos a Pier 39, ahí nos apeteció desayunar una sopa cremosa que habíamos visto el día anterior y que nos llamó mucho la atención, pues se sirve en el interior de un grueso y enorme pan que hace las veces de plato hondo. Yo me pedí la sopa de tomate y mis amigas la de almeja, debo decir que no estuvo muy buena, pero al menos nos quitó el hambre. Abordamos el ferry a las once de la mañana y en pocos minutos estuvimos en la isla de alcatraz.

Tuvimos que subir una pendiente para llegar a la prisión, donde se nos entrego un radio con audio guía que pudimos configurar en nuestro idioma. De ésta forma nos enteramos que caminar libremente por el interior de la prisión estaba permitido, como también lo estaba durar ahí todo el tiempo que quisiéramos, siempre y cuando fuera hasta la salida del último ferry que va a la bahía. Se nos aconsejaba seguir el recorrido de acuerdo con la narración expuesta en el audio guía. Ahí mis amigas y yo decidimos separarnos, cada una inicio el recorrido por su cuenta.

El sitio dentro era lúgubre y helado, por las ventanas abarrotadas se colaba el viento fresco de la mañana de ese día, que había amanecido super nubloso, tanto que parecía el escenario perfecto de una película de terror.

Durante esa visita escuchamos las historias de la cárcel de la voz de ex presidiarios que habían pasado años encerrados ahí, historias sobre lo duro que era dormir en esas camas de concreto y soportando las ventiscas frías.

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Nos contaron el trágico e importante motín que tuvo lugar ahí dentro en el año de 1946, cuando varios presos liderados por un sujeto llamado Bernard Coy se apropiaron de la bodega donde guardaban las armas y de ésta forma pudieron someter a los guardias. A este evento se le conoció como la batalla de Alcatraz y trajo pésimos resultados para todos, hubo presos y guardias fallecidos y Coy y sus aliados no pudieron escapar tampoco debido a que jamás encontraron la forma de salir. Nos contaron la fuga exitosa de tres reos que nunca volvieron a ser localizados, hay quienes creen que fueron devorados por los tiburones o que murieron en las heladas aguas del mar.

Entre los más famosos reos de Alcatraz se encuentra el mafioso Al Capone. También visitamos las celdas de castigo, una especie de cuartos sellados, oscuros y feos, en donde dejaban a la gente por días que parecían años en mitad de una oscuridad alarmante, cuenta uno de los reos que estuvo en esas celdas que él solía arrancarse un botón del uniforme y arrojarlo entre la negrura, de ésta forma se entretenía buscando el botón durante todo el día.

Todas estas historias me hicieron valorar mi libertad, saber que en algún momento yo saldría de ahí y me desplazaría libremente por un montón de sitios me trajo alivio. Casi sentí pena por estas personas, no, mejor dicho, ¡sí que sentí pena por estas personas!, pues a pesar de saber que estaban ahí purgando una sentencia por la comisión de actos delictivos, me pareció una mentada de madre tener que vivir en aquellas circunstancias…

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Cuentan los reos que sus fechas favoritas eran las navidades y el año nuevo, porque era cuando los habitantes de San Francisco hacían una fiesta en la Bahía, y desde la prisión podía escucharse la música y las risas y los gritos de la gente.

Hubo un momento del paseo donde yo estaba tan ensimismada en las anécdotas de estos hombres que ni siquiera iba mirando por donde caminaba, me limitaba a imaginar todas sus historias mientras andaba sin rumbo, de un momento a otro la voz parlante en el audio guía expresó: “si sigue las flechas podrá salir al patio exterior de la prisión y le aseguro que en ningún sitio tendrá mejores vistas de la Bahía de San Francisco…”, así lo hice, seguí las flechas, baje un par de escalones… y entonces alcé la vista… ¡fue bellísimo!, era cierto, no podía haber un panorámico mejor, desde ahí podía ver los edificios delimitados por el Golden Gate por un lado y por el puente Oakland Bay por el otro.

Pase la siguiente hora y media haciendo fotos, mirando, conversando con mis amigas, pues en ese punto volvimos a reunirnos, las tres estábamos maravilladas.

El recorrido termino ya tarde, así que abordamos de nueva cuenta el ferry que nos llevó a la Bahía, donde tomamos un uber y le pedimos que nos llevase a la Little Italy, la famosa calle italiana donde pueden encontrarse muchos comercios y restaurantes. Ahí entramos a un sitio y cenamos delicioso, ha pasado mucho tiempo desde ese día, pero creo que me pedí unos ravioles aderezados con una especie de salsa blanca de nuez.

Volvimos al hotel emocionadas, para mi había sido el mejor día de ese roadtrip. Partiríamos en la mañana siguiente y estábamos entusiasmadas con la idea de recorrer el Golden Gate hasta Sausalito antes de partir a Las Vegas, nuestro siguiente destino, donde pretendíamos pasar el Año Nuevo, y de ahí al fascinante Gran Cañón del Colorado ubicado en Arizona…

Sí, teníamos grandes planes, pero no pudimos cumplirlos.

Camino al Golden Gate nos percatamos que uno de los neumáticos traseros estaba desgarrado, ni siquiera nos habíamos dado cuenta, el coche iba muy pesado con todas las maletas y asumimos que por esa razón no lo supimos. Paramos en mitad de una avenida concurrida, la llanta estaba tan mal que era imposible mover el coche, de hacerlo el rin podía sufrir importantes daños. Fue un agradable muchacho que pasaba por ahí quien se ofreció a ayudarnos, él cambio el neumático y rápidamente nos pusimos en marcha hacía un taller mecánico.

El encargado del taller era chino y tampoco podía entendernos. Él envió a un empleado guatemalteco a apoyarnos, fue así como supimos que la llanta del auto iba ya rajada, estaba completamente inservible debido a que rodamos el coche por bastante tiempo, nos dijo que además ese no era el único problema, sino que había otro neumático ponchado, llevaba un clavo pequeño justo en una sección de la rueda en donde era peligroso parchar. El taller no se iba a hacer responsable de poner un parche por temor a que sufriéramos un accidente en el camino y demandáramos, así que debíamos comprar un nuevo neumático.

La tercera mala noticia no tardo mucho en llegar, el modelo de mi auto no se fabricaba en los estados unidos y por tanto no había forma de encontrar una llanta de la medida requerida, así que la única solución era comprar un neumático de medida similar, pero para hacerlo todas las llantas debían ser remplazadas, por lo que era preciso comprar las cuatro.

Para ese momento ya íbamos cortas de dinero, además la idea de comprar cuatro llantas cuando teníamos tres que funcionaban nos pareció una exageración. Aprovechamos que la que tenía el clavo aun caminaba por bastante rato así que nos dimos a la tarea de conducir entre pueblos cercanos hasta encontrar una solución diferente antes de hacer el enorme gasto. Finalmente un taller mecánico diverso reviso de nuevo el coche, ellos dijeron que podían parchar el neumático pero que debíamos conducir a cierta velocidad en carretera y checar el aire constantemente (cosa que tontamente no hicimos desde el principio), nosotros accedimos y fue así como pudimos irnos.

Con una llanta parchada, sin el neumático extra y con tan pocas posibilidades de seguir, decidimos volver a Phoenix. Conducir a Las Vegas y al Gran Cañón en esas circunstancias sería una enorme imprudencia.

En el trayecto de regreso estuvimos las tres muy apagadas, cada una inmersa en sus propios pensamientos, añorando la continuación de ese viaje que ya no sucedería. Sin embargo hubo un instante mientras atravesábamos una preciosa laguna enclavada en las montañas en que todo pareció mejorar, ahí me sentí confortada, la visión de aquel lugar me dio una sacudida y entonces me supe agradecida, pensé que sin importar que ese viaje había acabado antes de tiempo, lo vivido en días pasados ya nadie me podría quitar.

Pasamos el año nuevo en Phoenix con la familia de mis amigas, ahí me sentí muy acogida por ellos. Cocinamos ese día, conversamos y reímos, rememoramos historias del viaje y al final resultó ser una excelente conclusión para el primer roadtrip de mi vida.

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2 respuestas a “Roadtrip por California: Segunda Parte

  1. Ay Alba qué envidiaaaaaaaaaa 😀

    Santa Mónica, cómo me gustaría estar ahí. Bueno, ya sabes, ¡en TODA CALIFORNIA! Y bueno, esa visita a Alcatraz, además de ser visita obligada para quien vaya por esos lugares, debe de ser una experiencia. Entiendo que sintieras penita, pero bueno, piensa que la mayoría de los reclusos que estaban allí, bien se lo merecían, jajaja.

    Espero poder disfrutar de este viaje algún día, Alba. Me alegro que hayas podido hacerlo, aunque no durara el tiempo hubieras querido. Pero fueron días que disfrutaste mucho, y seguro que regresas. Además, a ti te pilla más cerca 😀

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