BACALAR: Paraíso Mexicano

 

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Estuve deseando conocer Bacalar desde hace cuatro años, después de enterarme de la existencia de su preciosa laguna gracias a un vídeo de Youtube, sin embargo en cada ocasión que intente planear el viaje al precioso pueblo Quintanarroense, por algún motivo surgía un inconveniente de último minuto y acababa postergándolo.

Pero en este pasado enero quise iniciar el 2019 con el pie derecho. Me convencí de que no debía dejar arrastrarme por los pretextos y comencé a organizar mi visita minuciosamente.

Partí finalmente el día que comenzaban mis vacaciones, el 1 de enero, ¡año nuevo y yo viajando! ¿acaso puede haber algo más maravilloso que eso para iniciar un nuevo ciclo?

Tuve que gastarme más de 24 horas en el aeropuerto de la ciudad de México, pues mi vuelo hacía Chetumal salía hasta el siguiente día. Tal detalle me orilló a pasar la noche en el aeropuerto, por suerte tuve el buen tino de investigar y fue así como me entere de la existencia de una serie de cápsulas operadas por la compañía Izzzleep en las que es posible pagar para echar una siestecilla e incluso se tiene acceso a un área de regaderas.

Éstas capsulas funcionan como una especie de cajón, son cómodas ya que tienen un pequeño colchón dentro, almohada, una manta, televisor y hasta un moderno sistema que permite controlar la temperatura  y la luz del interior. Para estar ahí hay que cumplir con determinadas reglas, como por ejemplo poner el móvil en modo de vibración ya que no se puede hablar por teléfono ni escuchar música o ver televisión sin el apoyo de audífonos. En pocas palabras se debe guardar total silencio para respetar el tiempo de descanso del resto de los huéspedes.

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El siguiente día lo pase “matando las horas” en el aeropuerto. Caminé, miré pantallas de vuelos próximos, eche una vista a las tiendas y finalmente me dedique a leer la mejor de las lecturas para este viaje… “Misery” de Stephen King. Salí a Chetumal finalmente a la media noche y llegue a mi destino a eso de las tres de la mañana. Lo primero que noté al bajar del avión fue el olor del mar, ese aroma a brisa fresca que engancha a la primera. Desde luego que también noté el calor húmedo, muy diferente a la sensación fría y seca que se experimenta en mi tierra Chihuahuense en estas fechas.

Pude tomar el autobús hacia Bacalar a las diez, desde ahí tan solo se hace una media hora de camino así que rápidamente estuve en mi destino esperado.

Desde que llegue al hotel me dedique a descansar de las duras desveladas y finalmente en la tarde salí a conocer un poco del pueblo. Tomé la Avenida Costera, la más famosa de Bacalar por ser la que corre por todo lo largo de la Laguna de los Siete Colores, el máximo atractivo de aquel pueblo mágico.

La laguna lleva ese nombre gracias a las siete diferentes tonalidades de azul que tienen sus aguas. Ese día no pude conocerla porque ya iba oscureciendo, así que me dirigí al Centro para cenar.

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A pesar de ser un pueblo pequeño, Bacalar tiene gran apertura al turismo, principal actividad de la región. La plaza se encuentra rodeada por restaurantes y puestos callejeros. Este día comí una deliciosa marquesita, dulce famoso que consiste en una clase de tortilla grande, muy parecida a una crepa, pero doblada en forma de burrito. En su interior lleva ingredientes de preferencia del cliente, hay marquesitas saladas y dulces pero yo me pedí una dulce, la llamada “chocobanana”  que a decir de los comerciantes era la más vendida, ésta tenía chocolate Nutella, plátano y queso rallado dentro, estaba envuelta y colocada dentro de una pequeña bolsa de cartón.

Al inicio de mi segundo día salí temprano a caminar por la avenida Costera. Hice la primera parada en el Balneario Municipal también conocido como “El Aserradero”,  ahí pude acercarme a su bonito muelle y sacar unas cuantas fotos. Era mi primer contacto con la laguna y quede impresionada casi al instante.

Por la mañana el agua lucía de color plateado, me sentí impresionada y rodeada de pura belleza. A medida que el día clareaba el plateado del agua comenzó a adquirir un poderoso color turquesa.

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Desayune en un sitio conocido como El Manatí, famoso por utilizar ingredientes orgánicos en sus comidas. Me pedí unos hotcakes con miel y una limonada de agua de coco, fue una buena elección y pude comer dentro de una especie de casa Tipi muy a la onda hippie del lugar.

Por la tarde había contratado un tour en lancha por la laguna, así que apenas desayunar volví al hotel a descansar un rato para posteriormente tomar el transporte que me llevaría al sitio en donde abordaría el tour. Mientras esperaba por la lancha me di cuenta de la gran demanda internacional que tiene Bacalar, ¡había muchísimos extranjeros ahí!, tantas lenguas escuchadas y tantos diferentes acentos del español provenientes de países como Argentina, Colombia y España.

Abordamos el paseo alrededor de las 03:30 de la tarde. El guía nos llevo a un recorrido por la laguna, en primer lugar pudimos advertir diferentes cenotes como el Esmeralda y el de Cocalitos. En lo particular a mí me gusto mucho el cenote Negro también conocido como el cenote de la Bruja, donde nos concedieron alrededor de 15 minutos para bajar a nadar un rato. El contraste del agua entre el cenote negro con el de la laguna es evidente, pues el poderoso turquesa se convierte en un enigmático oscuro .

Posteriormente nos dirigimos a la que se convirtiera una de mis partes favoritas de Bacalar, “El Canal de los Piratas”. En este sitio el agua es tan clara que impresiona a primera vista, su profundidad es baja por lo que es muy seguro nadar ahí, o caminar, cualesquiera que sea el caso. Cerca hay unas pozas de lodo en donde la gente suele acudir para darse un baño lodoso y salir con la piel muy tersa, ¡yo desde luego que también lo hice!

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El canal de los piratas es llamado así porque comprende una especie de estrechura que desemboca en la Bahía de Chetumal. Cuentan los lugareños que era por ahí por donde los piratas ingresaban a Bacalar para atacar y saquear. Por ese motivo y justo frente al Canal es posible apreciar el Fuerte de San Felipe, que como su nombre lo indica, se trata de una fortaleza construida por los conquistadores españoles para proteger la ciudad de la piratería. El fuerte actualmente funciona como museo.

Después del interesante paseo volví al centro del pueblo en donde cené unas ricas empanadas rellenas de queso y como postre consumí nuevamente una marquesita, pues ya me había enganchado bastante de ese postre.

El tercer día quise conocer los famosísimos “Rápidos de Bacalar”. Había leído en internet que se trataba de una sección de la laguna que simulaba una especie de río, pues lleva la corriente usual que suele haber en estos cuerpos de agua. Los Rápidos se encuentran aproximadamente a veinte minutos en coche del pueblo de Bacalar y un taxi cobra entre 150 y 170 pesos por llevarte. El transporte redondo oscila entre los 300 y los 340 pesos.  Voy a confesar que fue mi visita preferida y lo recomiendo ampliamente.

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Para acceder a los Rápidos es necesario pagar una cuota de 50 pesos, misma que incluye el acceso a las instalaciones tales como las áreas de descanso, los sanitarios, el restaurante y las hamacas y columpios en el agua. Estando ahí puede practicarse kayak, o simplemente nadar y descansar dentro de esta sección de la laguna. Al ser un sitio que lleva “corriente” deben tomarse todas las prevenciones necesarias para que no ocurra algún accidente. Por suerte, por todo el largo del río hay sogas de seguridad para sujetarse de ellas y volver a tierra.

El agua en esta sección es absolutamente impresionante, sigue un intenso verde claro que se vuelve transparente en ciertas zonas. Yo estuve alrededor de 4 horas ahí, tiempo en el que nade contra la corriente, como si fuera una niña pequeña, jugando y dejándome arrastrar por el agua. También me relaje en las hamacas y visite una sección de agua clara rodeada de manglares a la que solo puede accederse atravesando la corriente.

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Al día siguiente decidí recorrer Bacalar en el otro extremo. Estuve en el centro y encontré un restaurante vegano llamado “Mango y Chile”. Yo no soy y nunca he sido vegana, pero el lugar tenía una preciosa vista a la laguna y ese motivo fue lo que me orillo a entrar. Ahí me pedí un frappe Matcha y unas papas fritas bañadas en salsa barbacoa y ketchup que me supieron a gloria. Por el mediodía visite el Fuerte de San Felipe y su Museo de la Piratería.

En el museo puede apreciarse una explicación muy ilustrativa sobre la época en que Bacalar fue asediada por los piratas, incluso se reseñan biografías de lo más terribles, quienes llevaban a cabo tremendas atrocidades al arribar al pueblo.

Unas dos horas más tarde camine hasta encontrar el Balneario Ecológico. Ahí encontré nuevas tonalidades de azul de la laguna y entendí porque es que le dicen la laguna de los siete colores (aunque estoy convencida de que yo vi más de siete). Recorrí el pequeño muelle, tome fotografías, observe a la gente que disfrutaba del precioso líquido. El agua empieza siendo bajita y a medida que avanzas se vuelve más hondo, por lo que es muy seguro estar en las orillas.

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La laguna de Bacalar es como una alberca gigante de diferentes colores y niveles, a pesar de visitar varias secciones de lo mismo, nunca deja de sorprenderte.

Estas vacaciones además, me enganche tanto con la novela Misery de Stephen King, que cada día aproveche para leer un rato. En el balneario ecológico encontré un sitio lleno de árboles y pasto, muy acogedor, en donde me eche un rato para sumergirme en esas páginas cargadas de tensión y suspenso.

Al ser un pueblo pequeño puede recorrerse caminando o en bicicleta. Varias personas rentan bicis por cantidades económicas, sin embargo en el hotel en el que yo estaba instalada las bicicletas estaban a disposición de los huéspedes, por lo que cierto día se me ocurrió pedir una, el único inconveniente es que yo no sabía andar en bici.

Lo hice cuando era pequeña, pero lo cierto es que ya no recordaba mucho, ¡pues qué va!, me importo un comino y me puse en marcha. Comencé siendo un verdadero peligro, tuve dificultades para pedalear al principio, sobre todo por que la bici me quedaba alta y yo soy más bien bajita, entonces cuando lograba subir, ya me estaba cayendo a causa de perder el equilibrio. Estuve a punto de arrollar a un vendedor de tours que no paraba de decirme “señorita, señorita, va a caerse, señorita, ¡tenga cuidado!”, y es que el problema mayor es que no sabía como frenar, así que tontamente bajaba el pie para intentar reducir la velocidad y parar. Otras veces estuve a punto de chocar contra los autos, hasta que me resigne y decidí caminar empujando la bici, convirtiéndola en mí compañera de paseo y no en un medio de transporte, hasta que caí en cuenta de lo bobo que era eso y volví a montarme en ella.

Al cabo de un rato de vergonzosos intentos lo logre, descubrí el sistema de frenos y ya no hubo mayores complicaciones. Esa tarde acudí a nadar al balneario ecológico, estuve un rato leyendo y finalmente volví al hotel.

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El siguiente día decidí que de bicis ya era más que suficiente, por lo que tome la decisión de caminar hasta otro de los balnearios más famosos. Se trata de Cocalitos y al igual que los otros, es un balneario natural que comparte preciosas aguas de la laguna, con la diferencia de que ahí existen unas curiosas rocas conocidas como estromatolitos, los cuales se han formado por el actuar de bacterias a través de cientos de años. Es importante mencionar que al visitar Cocalitos, debe tenerse la prevención de no pisar las rocas ni recargarse en ellas, tal acción podría dañarlas y afectar el pequeño ecosistema.

En Cocalitos el agua es como de color azul cielo, tan limpia y preciosa que dan ganas de sumergirse en ella al instante. Ahí es recomendable entrar con zapatos especiales para el agua, pues para desplazarse es preciso pisar pequeñas y afiladas piedras que se clavan dolorosamente en los pies. Yo no lo sabía, así que me toco aguantarme la molestia.

Las vistas de la laguna desde Cocalitos son relajantes, ese azul clarito enamora. Yo no dude en echarme en una hamaca a contemplar el horizonte.

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Por la tarde llovió, así que cuando volví al hotel descanse un rato y a eso de las seis fui a dar una vuelta por la avenida Costera. ¡Amo el olor de la lluvia!, así que sintonice un playlist en mi celular y me coloque los audífonos. Camine sin rumbo fijo, solo estaba concentrada en el maravilloso aroma y en la música. Volví cuando oscureció por completo y dormí temprano esa noche.

El último día en Bacalar me limite a caminar por mis sitios favoritos, fui al Aserradero y metí los pies en el agua, leí Misery en el puente, comí en Mango y Chile y por la noche cené en un restaurante italiano unos sabrosos raviolis rellenos de queso y espinaca en una salsa de mantequilla, savia y parmesano. Me sentí orgullosa de mi misma por hacer un esfuerzo cada periodo vacacional y escaparme a algún sitio. También me sentí agradecida con mi trabajo, porque sin él no podría viajar, o al menos no con esa frecuencia.

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Deje Bacalar sintiéndome enamorada de un nuevo sitio, maravillada por la belleza de su laguna.

Pase mis últimas dos noches en unas cabañas situadas a las orillas de la bahía de Chetumal, echada en una hamaca todo el día, concluyendo Misery, durmiendo a ratos, admirando los bellos paisajes y comiendo arepas de queso y mantequilla preparadas por manos colombianas.

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Estas vacaciones fueron sumamente hermosas. Me fui sola y me di cuenta de lo fácil que es acostumbrarse a vivir estas aventuras con ninguna compañía más que la de mi misma.

Hace ya algún tiempo, cierto amigo me dijo que viajar solo no tenía sentido, que la magia radicaba en tener con quien compartirlo.

Yo difiero de eso. Pienso que viajar es maravilloso. Con compañía suele ser más divertido, y hasta en cierto modo más sencillo. He viajado con familia y amistades y cada una de esas veces lo he disfrutado, pero cuando lo hago sola me conecto tanto conmigo misma que casi al instante vivo un enamoramiento propio.

Me da por ponerme medio melancólica a veces, pero no en un sentido negativo, si no en una forma liberadora. Puedo llorar viendo el mar u oliendo la lluvia, y también puedo reír como niña pequeña por cualquier motivo.

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ALBA

 

 

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4 comentarios en “BACALAR: Paraíso Mexicano

  1. ¡Me encantan tus entradas de viajes! ¡MUCHO! Y te sorprenderá saber que no me gusta viajar demasiado, no soy de esos que se tiran la vida viajando. Para nada. Ahora está más de moda que nunca viajar, los jóvenes lo hacen sin parar, al menos en Europa que tienes vuelos tirados de precio. Pero no te aburro con mis mierdas, algún día escribiré sobre lo mío con viajar. Lo de la cápsula me ha impresionado mucho. Creo que me daría agobio, o no, no sé, pero lo probaría. Pero lo que me enamora son esos paisajes. Qué paraíso, como bien dices. México quizás tenga los rincones más bellos del planeta y tú tienes la enorme fortuna de haber nacido junto a ellos. La primera y la cuarta foto me transmiten una paz…

    Tengo que ir allí, Alba.

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    1. Querido Álvaro, definitivamente debes visitar Bacalar algún día, y sí lo haces, me ofrezco de tú guía de turistas.
      Bacalar a mi me marcó muchísimo, el agua de la laguna nunca deja de sorprenderte, es como si te encontraras con una alberca mágica y gigante!
      Espero ansiosa leer esa entrada que explique tu relación con los viajes jeje. Reconozco que me da mucha curiosidad, sobre todo porque yo estoy muy enamorada de viajar, pero no por formar parte de esa moda que mencionas jeje, sino porque cuando viajo es como si encontrara el estado más puro de la felicidad, me gusta recorrer los lugares hasta gastarme los pies, no importa si termino con ampollas y sangre jajajaja, pero poder ver tantas maravillas vale la pena, es el canal perfecto para encontrarme conmigo misma.
      Me da muchísima felicidad saber que te gustan mis entradas sobre viajes y las fotos! Un abrazo y beso enorme Álvaro!!

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