2018, “El año que duro por siempre”

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A lo largo de estos días he estado pensando sobre lo que había que poner en esta entrada, a decir verdad hay muchísimas cosas de las que hablar, por que el 2018 para mí fue un año diferente, un año plagado de acontecimientos que de alguna forma marcaron un antes y un después en mi vida.

Tampoco se trata de grandes hazañas ni mucho menos, al final de cuentas soy una humana más viviendo en este mundo de la mejor forma que puedo, cometiendo errores y aprendiendo de ellos, siguiendo rutinas interminables e innovando de vez en cuando… nada fuera de lo común. Sin embargo hoy me apetece compartir un poco sobre lo que ha sido el 2018 en mi vida.

Enero comenzó de manera impresionante, con el anhelo de un importante proyecto y con un contrato en puerta que prometía algo bueno. Un contrato que finalmente firme en febrero mientras me encontraba en la cama de un hospital, canalizada con suero y con dieta líquida debido a una reciente operación en la que me quitaron la vesícula biliar, aquella jodida bastarda que había estado dándome problemas desde hacía cuatro años, casi siempre de madrugada, cuando los fuertes dolores me despertaban inesperadamente mientras dormía, ¿la culpa?, ¡desde luego era mía!, pues todo tenía que ver con la mala alimentación compuesta de comida chatarra que había estado consumiendo desde que tengo memoria, aunque claro, yo prefería culpar a la piedra de 2 cm que se había estado formando en mi organismo. Sin embargo pude pasar mis días de recuperación en casa, acompañada del siempre bueno Max, ¡el más guapo de todos los perros!

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Cumplí 29 años en marzo y este acontecimiento me pego un poco duro, me hizo analizar qué tan correcta era mi forma de ver la vida. Ser consciente de que solo me quedaba un año para alcanzar el tercer piso me coloco momentáneamente en estado de pánico, ¡tantas cosas que emprender y yo tan vieja!, o al menos eso pensé. Sentía que la juventud que me hacía sentir mis veintitantos desaparecería y que los sueños tendrían entonces fecha de caducidad, pero finalmente pude relajarme y aceptar el inevitable hecho de que el tiempo pasa y que nada puede hacerse para detenerlo, pero lo mejor  de todo fue que entendí que nunca es demasiado tarde para hacer las cosas que uno quiere. Por eso quizás me hice un tatuaje, mi primero y probablemente el único.

Lo que me imprimí en la piel era justamente el diseño perfecto o al menos para mí, y es que siempre me visualice con ese mapamundi rodeado por el océano, la imagen idónea para una amante de los viajes. Y es que esa frase que llevo en la espaldalibertà, viaggi e lettere”, escrita en italiano y en letra cursiva, me recuerda que soy una mujer libre, una mujer que ama viajar y una mujer que lleva la escritura arraigada en el corazón.

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Volví a mis clases de baile, las mismas con las que estuve obsesionada hace tres años y que ya había abandonado del todo. Hacerlo me recordó lo mucho que uno puede atrofiarse cuando deja de practicar alguna actividad. Me hizo comprender mi propia arrogancia al pensar que ya había aprendido suficiente, y es que tras los pisotones que se llevaron algunas de mis parejas de baile, entendí que no era así. Volver a bailar me hizo encontrar a cinco nuevos amigos y reconectar con algunos otros que hace mucho tiempo no veía.

A partir de entonces se volvió una costumbre acudir cada viernes a La Vieja Habana, ese bar de moda en el que podía saciar todas mis ansias de baile, y en el que me pasaba todo el rato entre los ritmos latinos que saben alegrar tan bien el corazón e invitar al esqueleto a ponerse en marcha. ¡Gracias a la cumbia, la salsa, la bachata y el merengue por ello!

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En julio me largue de vacaciones a la playa, y ese fue el primer viaje que realice con un grupo de amigos.

Nuestro destino seleccionado fue el bello Mazatlán, aquella hermosa ciudad colindante con el océano pacifico, la cual ya conocía desde antes pero que igualmente disfrute, aunque de diferente manera. Grabe a fuego en mi memoria los rosados atardeceres que pintan el cielo y engrisan el agua, esas tardes de risas y juegos, y aquel deseo inmenso de fusionarme con el mar solo para no tener que separarme de tan bello espectáculo.

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Luego me marche sola por ahí, a Guanajuato. Entonces conocí mi lugar en el mundo. Me pregunto ¿cuántas personas tienen la dicha de decir esto?

Apenas entrar a la ciudad quede inmediatamente enamorada de todo, ¡de absolutamente todo!, lo colonial de sus callejones,  sus calles subterráneas, sus casitas multicolores situadas tan juntamente y de su historia, ¡una historia fascinante en la vida de mi país!

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Guanajuato fue el escape perfecto de cualquier rutina, estar ahí y pensar que el tiempo se había quedado detenido en otra época me envolvió por completo, y es por eso que pienso mucho en esos días, cuando camine tanto que los pies acabaron adoloridos, pero eso no era importante, ni mojarme bajo la lluvia fría tampoco fue importante, porque estando en ese sitio en todo lo que podía pensar era en esa canción “Camino de Guanajauato” de José Alfredo Jiménez, la cual se reproducía en mi cabeza todo el rato. Y así, mientras contemplaba la belleza del centro histórico desde el mirador, deseaba con todas mis fuerzas poder volver ahí siempre, porque hasta el momento es lo más auténticamente romántico que he visto. Mirando en retrospectiva, me doy cuenta de que era imposible no enamorarse.

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Volví a casa para enfrentar el mayor de mis retos, ese mismo que había comenzado en enero y que ya estaba volviéndose imparable. En agosto publique mi primer libro, uno que aunque me llenaba de orgullo, también me orillaba a sentir inseguridades. Cuando lo tuve por primera vez impreso en mis manos experimente una cosa rara, algo muy parecido al temor y al enamoramiento, como si se hubieran fusionado estas dos sensaciones en un solo sentimiento.

 

La presentación fue el sábado 25 de agosto y tuve que vencer un nuevo reto… hablar en público. Sin embargo todo resulto de forma satisfactoria.

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En este año también pude realizar algunas actividades que no había podido llevar a cabo con anterioridad ya que siempre encontraba algún pretexto para posponerlas, ya fuera que tuviera mucho trabajo en la oficina, que estuviera muy cansada o que simplemente no tuviera dinero. Sin embargo me canse de esperar y decidí postergar lo único que debía ser postergado… los pretextos.

Fue así que cierto día me encontré realizando una escapada al Cañón del Pegüis para convivir con la naturaleza de mi estado, y me puse a planear esas reuniones temáticas con mis amigas para así hacerlas acordes a cada época del año. Me atreví a salir a bailar sola y hasta decidí leer un libro de finanzas personales, algo que usualmente no hubiera hecho pero que finalmente agradecí, pues conocí herramientas verdaderamente importantes para cuidar mejor mi dinero.

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También decidí vencer algunos miedos, por lo que entre a un par de casas temáticas muy espeluznantes por halloween y hasta rete a mi temor a las alturas al montarme en aquel altísimo juego de la feria Santa Rita, el que subía muy alto y luego te dejaba caer de cabeza. Al principio fue aterrador, pero estando allá arriba pude verificar que las vistas de la ciudad eran absolutamente impresionantes.

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En el 2018 encontré mi blog favorito, y es que Anhelarium me inyecta siempre muy buena vibra, su creador Álvaro tiene un verdadero talento para conseguir hacernos conectar con lo que escribe. Anhelarium es un blog con alma, y revisarlo cada vez que puedo siempre me deja una sensación positiva.

En el 2018 aprendí que debía acabar con las excusas que de alguna manera justificaban de forma muy barata el poco contacto que tenía con mi familia, siempre echando la culpa a la distancia física que nos separaba. Entendí que no tener vacaciones en navidad no podía ser un pretexto para no vivir la experiencia de una cena navideña con ellos, así que con toda la pena que merece la historia y las tradiciones antiquísimas, celebramos la noche buena el primero de diciembre, con el único motivo de estar juntos, que ya luego ellos se encargarían de tener su propia celebración el 24.z7

El 2018 me mostró a mis verdaderos amigos, esos que siempre han estado ahí sin importar las dificultades, los que vienen a embellecer mi vida y me recuerdan lo fácil que resulta sonreír.

Este año llore y reí, me caí y me levante, tuve éxitos y también fracasé, pero no me arrepiento de nada, porque la vida se trata de sentir al máximo y porque cuando haya que llegar al final de nuestros días, es una verdadera fortuna poder recordar todas las emociones que nos hicieron sentir vivos.

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A mi dos mil dieciocho solo puedo decirle ¡muchas Gracias!, me dejaste un aprendizaje muy bello y me empoderaste para tomar el que viene con la mejor actitud posible.

¡Feliz año nuevo a todos!

ALBA

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