Mi experiencia en un crucero, la realización de un sueño

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“Gracias a la vida, que me ha dado tanto

Me ha dado la marcha de mis pies cansados

Con ellos anduve ciudades y charcos

Playas y desiertos, montañas y llanos

Y la casa tuya, tu calle y tu patio”

(Gracias a la vida/ Mercedes Sosa)

 

A lo largo de estos meses he venido publicando algunos artículos en los que narro el viaje más lejano de mi vida, aquel que realice en el mes de julio del año 2017 durante un crucero por el mediterráneo.

Sin embargo me he abocado sobre todo en contarles mi experiencia en las ciudades visitadas durante esos siete días, y no sobre la experiencia misma de navegar en el mar e ir a bordo de un barco en dónde he de admitir, se tienen todas las comodidades.

Hoy me apetece hablar de eso, así como del trabajo que me llevo organizarlo, porque este no fue un viaje más y solo eso, definitivamente no. Éste represento el cumplimiento de un gran sueño de vida.

Probablemente fue en el tiempo en que estudiaba la escuela preparatoria cuando descubrí lo que era un crucero. Fue gracias a un folleto que había en casa de una tía. Recuerdo haber empezado a hojearlo y sorprenderme con todas las fotografías que ahí veía, gente sonriendo en las instalaciones del barco, cómo si su vida fuera la más maravillosa del mundo. En ese momento supongo, nació en mí el anhelo de vivir esa experiencia algún día.

“Cuando trabaje lo haré”, pensé en aquel momento. Sin embargo debí haberlo olvidado, hasta muchos años después, durante un día que fue ciertamente malo.

Recuerdo haber estado sentada frente al computador de mi área de trabajo, sintiéndome aburrida, frustrada y cansada de la rutina que venía realizando día tras día.

Con la finalidad de tranquilizarme un poco, miré en el buscador de Google imágenes del mar. Y es que hacer eso a mí me relaja bastante. Ver fotos de la naturaleza siempre consigue darme un pequeño respiro.

Mientras lo hacía, apareció la imagen de un barco navegando en el océano, era un crucero. Entonces, como en una especie de flashback volvió a mi mente aquel recuerdo, y esas palabras que me dije muchos años atrás resonaron en mi memoria. La vieja promesa que había estado empolvándose en el olvido, surgió de repente.

“Cuando trabaje, lo haré”

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“¡Diablos!”, pensé. Ya trabajaba y sin embargo no había señas de que estuviera realizando todo lo necesario para cumplir ese sueño. La sensación incomoda que te pega cuando descubres que existe una meta inconclusa comenzó a quemarme en el pecho. Probablemente fue eso lo que me orillo a mirar agencias, páginas web sobre navieras y lo que me decidió finalmente a contratar un crucero ese mismo día.

Decidí planear hacerlo en un año y por suerte contacte con una agencia que me permitió apartarlo con cincuenta euros de anticipo. No me llevo mucho rato elegir el destino,  rápidamente me decanté por un bello paseo por el mediterráneo europeo.

Pude acordar también con la agencia abonar al costo del crucero durante los siguientes doce meses, pues de esta forma el método de pago se ajustaba a mis finanzas personales.

Confieso que para ese momento todavía tenía mis dudas, ¿y que tal si no era capaz de juntar semejante cantidad de dinero?, ¿y si me corrían del trabajo en ese tiempo?, peor aún, ¿si yo misma me hartaba tanto que decidía renunciar?

Sin embargo, decidí quitarme todas esas ideas de la cabeza y mantener una actitud positiva a lo largo de aquel año.

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Fue difícil.

Tuve que recortar todos mis gastos, sacrificar gran parte de mis hobbies y esas compritas que de vez en cuando me gustaba realizar. Deje de salir de la manera que acostumbraba, y hasta perdí el contacto con algunos amigos. Aunque estas últimas cosas parecieran ser banales, debo decir que dejarlas de tajo es complicado.

Es decir, cuando te acostumbras a cierto estilo de vida, el cafesito de los viernes con las amigas, el cine de los miércoles o el concierto que estabas esperando se vuelven una gran bocanada para escapar del estrés y del peso de la rutina. Una bocanada que yo ya no me podía permitir, al menos no en la forma de antes.

Durante un tiempo comencé a sentir que la situación se complicaba, que pagaba y pagaba dinero y que aún faltaba muchísimo para la fecha del viaje. Sin mencionar que la  deuda parecía no tener fin.

A medida que los meses transcurrían el estrés aumento. Pues abonar al crucero no era mi única preocupación. También debía hacerme cargo de los vuelos, de los hoteles en los que iba a quedarme y de los gastos por alimentación y transporte que se generarían estando allá.  Cada mes durante todo el año estuve monitoreando el comportamiento de las aerolíneas, sin embargo, aún y cuando los vuelos bajaban de precio faltando un par de meses para la partida, la situación en la fecha de mi vuelo era distinta. Tuve el mal tino de elegir el mes de julio para hacer el crucero, así que éste estaba en la plena temporada alta, por lo que los costos eran elevados y no había muchas esperanzas de que fueran a bajar.

Sin más remedio me vi en la necesidad de sacar un préstamo con el banco y tuve que endeudarme con un proceso de pago a mensualidades que apenas he de finiquitar en este mes de octubre.

A pesar de las dificultades, mi estado de ánimo mejoró después de comprar los vuelos, en cuanto tuve el boleto de avión en mis manos supe que ¡era un hecho!, que viajaría a Europa y que cumpliría un gran sueño de vida.

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La noche antes de partir con rumbo a Madrid, pase la noche en vela en el Aeropuerto de la Ciudad de México. Todo el rato estuve paseando por el área de comida, o sentada en el piso de la aerolínea en la espera de que el siguiente día llegara y pudiera abordar mi tan esperado avión.

Pude haberme quedado en un hotel para pasar la noche, sin embargo mi temor de perder el vuelo era tan grande, que preferí no dormir para no tener que enfrentarme a esa horrorosa situación. Así de intensa soy.

Era la primera vez que volaba tan lejos y creo que supe aprovecharlo bastante. Disfrute de la comida que nos dieron a bordo, disfrute del catálogo de películas para ver. Disfrute platicando (en un inglés muy malo, debo admitir) con mi compañera de asiento, una mujer polaca muy agradable llamada Monika, que al igual que yo, es una apasionada del baile latino.

Apenas bajar del avión y pisar suelo español, me puse totalmente emocionada. Recuerdo haber estado tan atenta a la forma de hablar de la gente de seguridad del aeropuerto, me encontraba maravillada por su acento, como queriendo confirmar que efectivamente estaba en España.

De la emoción pase al estrés, pues mi avión hacia Barcelona saldría en una hora y yo estaba muy atorada en una larga fila en migración, sin embargo la suerte corrió de mi lado y pude llegar a tiempo al vuelo.

El miércoles 19 de julio fue el día del embarque. Yo me hospedaba en un Hostal del centro de Barcelona, así que para llegar al puerto, decidí caminar por toda la rambla. Una vez que estuve cerca pude tomar un autobús lanzadera que me acerco al sitio donde debía entregar la documentación y el equipaje.

Apenas acercarme lo vi y me emocione, se trataba del Orchestra, un barco de la compañía naviera italiana MSC.

El proceso de registro, entrega de equipaje y embarque fue mucho más rápido de lo que pensé. Una hora en espera y ya estaba, ahí iba yo caminando por los túneles que me llevarían al interior de la nave.

Debo confesar que uno de mis principales temores era la situación del idioma. Al ser MSC una naviera italiana, era bien sabido que la mayoría de la tripulación hablaba aquella lengua y que el segundo idioma oficial era el inglés. Sin embargo, mis temores se esfumaron en cuanto vi que muchos de los empleados del barco eran de nacionalidades latinoamericanas, y los que no, entendían perfectamente el castellano, además de que al menos la tercera parte de mis compañeros de viaje eran españoles.

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Fuimos recibidos con un coctail de bienvenida y con un montón de propuestas para adquirir paquetes de bebidas a precios ¡nada económicos!

El precio del crucero a menudo solo comprende el paseo de trayecto, la estancia en el camarote, el acceso a las instalaciones, las actividades a bordo y la comida tipo bufé, pero las bebidas son tema aparte. Claro que puedes consumir agua natural, café, té y en algunos casos hasta jugos en los restaurantes, pero por lo que va de bebidas alcohólicas, frappés, refrescos, raspados y demás, es necesario contratar un paquete todo incluido.

Una vez pasado el coctail de bienvenida, fui informada que mi camarote estaría listo dentro de una hora, por lo que aproveche ese tiempo para conocer el barco y comer en el restaurante “la piazzeta”.

Después de darle gusto a mi paladar y a mi estómago, busque el camarote que me correspondía, no me llevo mucho tiempo encontrarlo. Apenas abrir la puertecita, ¡quede impresionada!

Yo pague uno de los camarotes sencillos, pero aun así el que me dieron me pareció perfecto, tan cómodo y cálido. La enorme cama me llamaba y la decoración era toda bonita. Ha pasado más de un año ya desde que estuve ahí y aun puedo recordar a la perfección la ubicación de cada cosa.

Sobre la cama estaba mi tarjeta de crucero, o como la llaman en inglés, la “cruise card” (que es básicamente lo mismo). Esta tarjeta se vuelve uno de los objetos más importantes una vez que estas a bordo del barco, pues hace las veces de documento de identificación, de llave del camarote, de dinero, de tarjeta de crédito y hasta de pasaporte. Dicho plástico me identificaba como pasajera del Orchestra y me permitía abrir la puerta para acceder a mi habitación, así que básicamente se volvió imprescindible cargarla a todos lados.

Cualquier compra dentro de la nave debía hacerla a través de la cruise card, por lo que previo a utilizarla para este fin, resultó necesario engancharla con una tarjeta de crédito real. También se podía dejar un depósito en efectivo en el área de recepción.

A un lado de la tarjeta se encontraba el Diario del Día, una especie de folleto que cambiaban cada noche e indicaba las actividades a realizar en el barco al día siguiente, así como las funciones que se exhibirían en el teatro.

Mi primer día a bordo descanse en el camarote por un rato, para luego salir a caminar y conocer mejor los alrededores del barco.

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Por la noche acudí a cenar al restaurante. A diferencia del resto de las comidas, en la cena existía la posibilidad de acudir a un sitio más elegante, en el cual se nos asignaba una mesa y dos camareros se encargaban de atendernos. En esta ocasión no había bufé, si no que había que escoger algún platillo de entre cinco que anunciaban en el menú del día. La mesa asignada sería la misma que se ocuparía durante el resto del viaje y por ende, los compañeros de cena también serían los mismos.

Gracias a esta situación tuve la fortuna de conocer a Julia, a Sergio y al precioso bebe de ambos. Julia y Sergio son un joven matrimonio español, personas verdaderamente simpáticas y amables, con quienes conviví algún rato durante la noche de esos siete días. Cada vez que coincidíamos en la cena intercambiábamos historias de su país y del mío, opiniones personales y nuestra experiencia durante las excursiones y visitas diarias.

Nuestros camareros asignados fueron Vipin, un joven hindú, y Julio, un hombre salvadoreño. Siempre les recordare sonrientes y serviciales.

Mi camarote se ubicaba en el puente número 8, que básicamente era el piso 8. En total, el barco tenía 15 pisos, pero los pasajeros solo teníamos acceso a partir del número 5, en donde se encontraba la recepción, pues los pisos 1 al 4 estaban asignados a la tripulación y a las áreas de funcionamiento de la nave.

Para movernos de un piso a otro había elevadores, pero debido al demoro que a veces conllevaban, muchos optábamos por utilizar las escaleras.

Las áreas mayormente frecuentadas siempre fueron los pisos 6, 7 y 13. En el piso seis y siete estaban ubicados los bares, los restaurantes, el teatro y la librería, mientras que en el piso 13 estaban las piscinas y el área de bufete.

Cada mañana y cada noche mi habitación era aseada por un amable muchacho procedente de indonesia, que siempre llevaba una amable sonrisa en el rostro y era sumamente servicial.

Cada lengua tenía una especie de guía a quien podíamos acudir en caso de dudas o contratación de excursiones, la nuestra (es decir, la de los hispano hablantes) era Denisse, una risueña mujer brasileña que tenía un excelente dominio del idioma español.

Algunas personas me han preguntado acerca de lo que se siente estar todo el tiempo a bordo de un barco en navegación, me preguntan si  me mareaba, si sentía el movimiento de la nave en el mar.

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A decir verdad eso no pasaba. La mayoría de las veces se sentía como estar en tierra firme, nada inusual. Aunque por las noches, al estar recostada en la cama, había ocasiones en las que podía sentir un ligero movimiento como de suaves ondas. Esos eran los únicos momentos cuando notaba que estaba en un barco y no en un hotel. Algo similar pasó al partir de Cannes, cuando el mar se puso bravo y el capitán tuvo que bordear las feroces olas.

En el área de bufé la situación a veces se ponía estresante durante el desayuno o la comida. Subir en hora pico hacía que la labor de encontrar un lugar en el cual sentarse fuera prácticamente imposible. Al poco tiempo tiempo estando ahí aprendí que la mejor forma de disfrutar de la comida era subiendo en horas poco frecuentadas, aunque tuviera que hacerlo más tarde que la mayoría.

A bordo del barco nunca supe con seguridad si era lunes, martes o jueves. Todos los días eran similares, todos los días había visitas a nuevas ciudades, actividades a diversas horas y todos los días había fiesta durante la noche.

Desconectarse por completo del reloj fue seguramente una de mis cosas favoritas. Solo tuve que encargarme de vivir en el momento y de pasar el día a día de la mejor forma posible.

Mi rutina diaria consistía en despertar, subir a desayunar rápidamente, irme de excursión, comer en La Piazzeta al volver, pasear por el área exterior del barco o nadar en la alberca, para luego arreglarme para la cena, compartir con Julia y Sergio el tiempo e intercambiar consejos de viajes. Acababa mi día yendo al teatro a mirar el espectáculo de esa noche, y solo si me quedaba energía suficiente, subía a la fiesta en el área de la piscina.

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Fueron tres mis noches favoritas. La Noche de Carnaval en la que baile salsa, merengue y bachata. Lo hice a veces sola, a veces con los animadores del barco, pero siempre bailaba. Y es que nadie puede culparme, yo con mi sangre latina y mi pasión por el baile, simplemente no pude desaprovechar la oportunidad de gastarme los pies en la pista. Ese día visite Roma y estaba impresionada por todo lo que había visto, además la cena había estado buenísima, tuve la suerte de elegir una lasagna que hasta el momento ha sido la mejor que he probado en mi vida.

La segunda fue La Noche de Gala, en la que nos hicieron vestir un poco más elegantes y tuvimos la oportunidad de tomarnos una fotografía con el mismísimo capitán del barco, Rafaelle Russo.

Ese día simplemente me anime a caminar por la nave, a tomar fotos en las elegantísimas escaleras de la recepción y en sus pasillos alfombrados, y a tomar un trago en el que se convirtió mi bar favorito (principalmente por la decoración), El Savanah Bar.

La tercera noche fue la última. Quizá a causa de la nostalgia que me provocaba saber que pronto tendría que regresar, pues mi viaje de Crucero se acercaba a su fin.

Esa noche el barco estuvo bastante rato aparcado en el puerto de Palma de Mallorca. Se organizó una Fiesta Blanca en la que todos debíamos vestir ropa de ese color para acudir a la fiesta en la piscina. Aquella vez no cene con Julia ni con Sergio, pues ellos tenían otros planes en Palma y fue la última vez que los vi. Sin embargo sigo manteniendo el contacto con mi bella amiga española.

Ese día cene sola, de vez en vez conversaba con Vipin y con Julio, los grandiosos camareros. Luego fui al teatro por última ocasión, y finalmente acudí a la Fiesta Blanca, donde baile entusiasmada hasta la medianoche.

Ese momento pareció mágico, recuerdo quedar maravillada mirando las luces de la ciudad, deseando detenerme en el tiempo. Congelar esa imagen en mi cabeza para tenerla conmigo para siempre. Al parecer funciono, porque mientras escribo estas líneas puedo cerrar los ojos y evocarla a la perfección.

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Mis días en el crucero me mantuvieron en un estado de plenitud y melancolía. Permití a mi corazón engolosinarse de muchas emociones. Por un lado me sentía feliz de haber cumplido mi sueño y por el otro, experimente la nostalgia que brinda la soledad, porque me habría gustado tener buena compañía y que mis seres queridos también pudieran disfrutar de las maravillas de las que yo gozaba.

Estaba verdaderamente orgullosa de mi misma por haber logrado una importante meta. Porque hubo un punto en el que ese viaje se convirtió en una, y mi esfuerzo se vio recompensado mientras estuve ahí. La cantidad de veces que lleve una sonrisa en el rostro es incontable.

Después de mi viaje llegue a casa convencida de que en adelante, todo podía ser absolutamente posible.

AUBE

 

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6 comentarios en “Mi experiencia en un crucero, la realización de un sueño

  1. ¡Es uno de mis sueños también! Me encantaría hacer un crucero por los fiordos, también por el Mediterráneo, claro. Hace unos años, concretamente en el verano de 2010, estuve a punto de irme solo. Pero me rajé. Y me arrepiento. No descarto hacerlo. Sea solo o acompañado. Debe ser tan impresionante verse ahí en mitad del océano, sin vera nada más que agua. Se debe uno de sentir maravillado. Además, por lo que leo en tu entrada, es muy cierto que el trato por parte de la tripulación es exquisito. Y claro, aunque sea un barco enoooorme, se debe de notar aunque sea ligeramente, el balanceo.

    Muchos besos, preciosa. Y mil gracias por regalarme tu atención. Me encanta verte por mi blog.

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    1. Querido Álvaro!

      Estoy convencida de que lograras cumplir ese sueño. Sin lugar a dudas te invito a hacerlo, e irte solo creeme, es exquisito. Tener la oportunidad de dejarte consentir, de ir a los sitios que desees, de pasear por las tardes en las áreas exteriores del barco y poder ver caer el atardecer en medio del océano. Es una experiencia verdaderamente grata. No dudo que en compañía debe ser maravilloso también, pero viajar solo tampoco es tan malo. Yo siempre lo disfruto al máximo además de que me deja muchas cosas en que pensar. A mi también me encanta pasarme por tu blog y sin lugar a dudas lo seguiré haciendo. Te envío un abrazo grande! y te deseo siempre muchas bendiciones! 🙂

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