Una parada en Génova

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Para el cuarto día de crucero el barco atracó en el puerto de Génova, ciudad perteneciente a la provincia de Liguria, una de las veinte regiones que forman parte de la República Italiana.
En este sitio no tenía ninguna excursión contratada, pues previo a la realización del viaje, había planeado conocer la ciudad a mi propio ritmo.

Tuve la precaución de informarme en internet como trasladarme en aquel lugar, y algunos blogs de viajes aconsejaban hacer un recorrido a pie, pues mencionaban que el centro se encontraba relativamente cerca del puerto.

Sin embargo, al final mis planes no resultaron exitosos y me resulto prácticamente imposible conocer la ciudad italiana de la forma que hubiese querido. Después de descender del barco recorrí el puerto de un extremo a otro, pero desde que iba por la mitad ya me sentía muy cansada, y es que el día anterior había pescado un resfriado de esos que te dejan hecha polvo.

Estaba recuperándome, pero mi cuerpo clamaba por un descanso. Los días previos había estado caminando muchísimo entre Barcelona, Ajaccio, Roma, Pisa y Florencia, y aquello, aunado al hecho de estar expuesta al caluroso clima del verano mediterráneo, combinado con el frío aire acondicionado del camarote, estaba pasándome factura.

Mis pies se sentían deshechos para ese momento. No había dormido lo suficiente, ya que la noche anterior estuve desvelándome en la cafetería tomando Té de menta para calmar el ardor que sentía en la garganta. Sí, estaba completamente frita, necesitaba reposar y lo sabía.

Recuerdo un momento en el que me detuve para observar por largo rato las pequeñas callejuelas que subían hacía el centro de la ciudad genovesa. Mi mente me ordenaba que emprendiera la marcha calle arriba, Génova estaba esperando por mí para ser descubierta, y yo no podía dejar de pensar en nada más que no fuera en que estaba perdiendo el tiempo. Sin embargo, mis piernas no respondían,  no tenía fuerzas y comenzaba a sentirme furiosa conmigo misma.

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Finalmente decidí rendirme. Estaba derrotada, me senté en una de las banquitas que estaban dispersas a lo largo del puerto y me detuve a mirar el conjunto de casas de colores en tonalidades marrón, entonces comprendí que aquello sería todo lo que iba a conocer de esa ciudad. Mire la gran burbuja sobre el agua, esa misma que se conoce como la biósfera y que es una especie de invernadero esférico que reconstruye una porción de la flora tropical. Entonces me calme y decidí analizar la situación.

Comprendí que lo más prudente era regresar a la embarcación. Sabía de sobra que mientras me sintiera mal, no iba a disfrutar conocer la ciudad de todos modos.

Así que volví al barco y subí a mi camarote. Apenas estar ahí, me eche sobre la cama y me dedique a dormir hasta que mi cuerpo lo creyó conveniente. Ni siquiera comí, simplemente me permití descansar lo necesario. Al despertar tuve suficiente energía para buscar entre mi equipaje. Encontré el medicamento para el resfriado, ese mismo que mi madre me había obligado a echar a la maleta, ¡bendita fuera ella!

Después de medicarme salí de mi encierro. Para ese momento el barco ya se encontraba navegando, ni siquiera me di cuenta cuando se puso en marcha y lo cierto es que tampoco me importaba mucho. Subí al restaurante y comí con gusto.

Luego tome un nuevo Té de menta y sólo entonces me permití lamentarme por la oportunidad que había perdido, en mi cabeza no paraba de rondar la idea de que había desperdiciado la oportunidad de conocer un lugar que me quedaba tan lejos de mi país.

Sin embargo, un poco más tarde y ya con la mente menos embotada, supe que había tomado la decisión correcta. Había estado en una situación que me superaba, al menos físicamente.

De haber actuado diferente, la hubiera pasado mal en mi recorrido y mi estado de salud seguramente habría empeorado.

Así que aquí estoy, platicándoles sobre un día de turismo nulo. Me gustaría en verdad contarles sobre el maravilloso acuario Genovés, sobre la catedral de San Lorenzo, el palacio Ducal, la Porta Soprana o el palacio San Giorgio, pero estaría mintiendo, porque no conocí ninguno de esos sitios.

Sin embargo tuve un encuentro conmigo misma, uno en donde supe que la salud es primero que todo, que sin el bienestar físico lo demás no tiene mucho sentido.

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Hoy por hoy me siento agradecida por ser una persona sana, por tener la posibilidad de ver, oír, sentir y disfrutar.

Creo sinceramente que luego habrá otras oportunidades para volver a la bella Génova. Hay que mantener la esperanza.

 

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3 respuestas a “Una parada en Génova

  1. Desde hace mucho tiempo, viajar en crucero es uno de mis sueños. Pero viajar solo es algo que no me llama mucho y es algo que creo que ya va siendo hora de ponerle remedio. Siempre he sido una persona muy independiente salvo para hacer un largo viaje, donde sí que siento la necesidad de hacerlo con algún amigo/s o novia. Esto te lo digo porque en 2010 estuve a punto de pagarme un crucero. Pero me rajé. ¿Por qué? Porque pensé que allí en el barco me encontraría con parejas y familias. ¿Con quién me iba a juntar? En los cruceros la gente no suele viajar sola. Es algo que suele hacerse en compañía. Desde que tengo 18 años voy solo al cine, a conciertos, a festivales. Me las apaño. Pero para viajar (y más al extranjero) tengo esa reticencia, me da mucho palo hacerlo solo. Pero como te dijera, creo que ya va siendo hora de ponerle remedio. A ver si este veranito próximo me busco algo, un crucero mejor, y me aventuro solo.

    Buen inicio de semana, bella Alba.

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    1. Viajar solo es una de las experiencias más hermosas que puedan sucederte, pienso que todos deberíamos intentarlo al menos una vez en la vida. Una persona muy sabia me dijo alguna vez que el temor principal de aventurarse en un viaje sin compañía es precisamente la incertidumbre que produce la posibilidad de pasar tanto tiempo con uno mismo y con sus pensamientos y emociones. Yo también he experimentado ese temor, y ha habido ratos en los que la convivencia conmigo misma ha sido difícil, momentos duros y de cruda reflexión. Sin embargo, los momentos enriquecedores y felices han sido más numerosos e impactantes.

      Así que como la amiga que ya considero ser, no puedo más que alentarte y aconsejarte que lo hagas, que te embarques en esa aventura y la saborees de principio a fin. Sí es en un crucero ¡que mejor!, porque te sentirás tan libre, tan independiente, tan orgulloso y tan enamorado de lo que verás.

      Yo he viajado sola la mayoría de las veces, y no te voy a mentir, la primera vez fue aterradora, sobre todo porque salía del cobijo de mi país para embarcarme al que hasta ahora ha sido el viaje mas lejano de mi vida. Mi destino fue España, ese bello país al que perteneces y que por alguna razón me tiene fascinada desde que era una niña pequeña. Recuerdo que antes de irme me daba temor perderme, ser víctima de algún inconveniente y no saber que hacer, accidentarme y no tener a quien recurrir, y así sucesivamente, tenía temor de un montón de catastróficas circunstancias que podían ocurrir estando lejos. Hasta que finalmente decidí enviar mi miedo a dormir porque solamente me limitaba.

      Hoy por hoy agradezco que lo haya hecho, porque la experiencia que viví en ese viaje aún me pone tan emocionada que hasta puedo llorar. Hay quien dice que la felicidad más que experimentarse se recuerda, y en esta ocasión estoy convencida de que es cierto. En España tome el crucero y desde luego que hubo inconvenientes, no había nadie que me sacara las fotos, en el comedor siempre me quedaba sin mesa porque no tenía quien apartara una cuando yo iba por la comida, y en el área de la alberca siempre dejaba abandonadas mis cosas con el temor de no encontrarlas al regresar…, pero te digo una cosa, ¡lo supere rápidamente!, porque aprendí a quitarme la vergüenza y a pedirle a las personas que me topaba en el camino que fueran ellas quienes tomaran las fotografías, y hasta entable interesantes conversaciones con algunas de ellas. Aprendí a levantarme más temprano para tener un lugar en la mesa y disfrutar de un mejor amanecer y de las vistas del mar cuando apenas despuntaba el sol. Y lo de las cosas en la alberca simplemente dejaron de importarme, era algo básicamente material así que tampoco valía mucho la pena preocuparse.
      En cambio, los recuerdos que me marcaron para siempre son los positivos. Esas mañanas cargadas de entusiasmo por llegar a una ciudad nueva, las sonrisas de desconocidos que parecían tan felices como yo, las cenas con mis compañeros de mesa de todas las noches, los mismos que a la fecha siguen siendo mis amigos y con quienes de vez en cuando intercambio mensajes de voz por whatsapp y nos emocionamos mutuamente al escuchar nuestras voces y respectivos acentos. Esas caminatas por el área exterior del barco a media tarde que me llevaban al punto del llanto con solo mirar el mar, porque el mar me tiene enamorada. Las noches de carnaval en las que baile hasta que los pies me dolieron y la tarde aquella en que comí una pizza en una de las callejuelas cercanas a la Fontana Di Trevi en Roma, sintiendo tanta felicidad que no me cabía en el pecho.

      ¿Porqué te escribo todo esto?, porque quiero decirte que al final del día si decides viajar solo, estoy convencida de que se convertirá en una experiencia inolvidable, y sólo te preguntarás por qué no lo hiciste antes.

      Sería grandioso leer una entrada tuya contando la experiencia.

      Disculpa lo extenso del mensaje, pero sentí la imperiosa necesidad de hacerlo jeje.

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