Último día en Palma de Mallorca

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Mi crucero cada vez estaba más cerca de su fin, después de haber tenido que rodear el bravo mar en Cannes, hicimos la última parada en una de las bellísimas tres islas baleares españolas: Palma de Mallorca.

Si soy honesta,  nunca había escuchado de Mallorca con anterioridad a mi viaje, cuando alguien mencionaba algo sobre las playas de España, yo solía dar por sentado que se referían a Barcelona o Ibiza, (sí, ¡me falta mucho mundo que conocer!).

Mallorca fue una grata sorpresa, recorrí tan solo las áreas aledañas a su preciosa catedral, pero con eso me basto para confirmar que se trataba de un sitio absolutamente  encantador.

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Confieso que lo primero que note al descender del barco fue el idioma del personal del puerto. Me resulto maravilloso desembarcar y escuchar a las personas hablar en castellano, ¡por fin podía entender lo que decían!, y es que pasar ocho días a bordo de una nave italiana, en donde tanto los pasajeros como la tripulación hablaban una multiplicidad de lenguas que me eran ajenas, me dejo un poco loca. Admito que en muchas ocasiones tuve dificultades para entenderme con las personas. Sobrellevar esa situación me resulto en un principio intimidante, hasta que finalmente me tranquilice y tuve el buen tino de recordarme que tampoco era para tanto.

Una vez abajo me dirigí al área donde había que tomar un Shuttle Bus, ya saben, estos autobuses de los que he hablado anteriormente, mediante los cuales es posible transportarse fuera del puerto.

El autobús nos llevo hasta un área cercana a la catedral de Santa María, una impresionante estructura arquitectónica del estilo gótico levantino . Sí soy honesta, me resulta complicadísimo explicar el asombro que sentí apenas ver la catedral. Sin lugar a dudas, se trata de una edificación que corta el aliento.

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La catedral de Santa María está forjada a unos cuantos metros de la bahía de Palma, se caracteriza por su elegante fachada y gran tamaño, que permite apreciarla desde la lejanía.

¡Olé por España y su impresionante arquitectura!

La noche anterior habíamos sido informados por parte de las autoridades del crucero que tendríamos hasta la medianoche para pasear por la ciudad, pues, contrario a otras ocasiones, ésta vez partiríamos de regreso a Barcelona en el punto de la madrugada.

Cuando baje del Shuttle Bus iban a dar las cuatro de la tarde. Con tan poco tiempo y con el reloj apremiando, me limite a recorrer las callejuelas del centro de Palma, en donde busque souvenirs para traer a mi familia y amigos.

Tuve un paseo agradable por la orilla de la bahía, en donde tome un par de fotos. Recuerdo haberme sentado al pie de un curioso árbol de tronco exageradamente grueso que se encontraba ubicado cerca del ayuntamiento. Ahí me sentí nuevamente agradecida por haber tenido la posibilidad de conocer tan bellos lugares durante mi viaje.

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Oscureció pronto, así que tome el Shuttle Bus de regreso y volví al barco.

Hoy, mientras escribo sobre ese día, una sonrisa se me escapa cada vez que me acuerdo de cada rincón recorrido. Repetiría ese viaje un millón de veces.

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Entre perfumes, princesas y lujos: Eze, Mónaco y Montecarlo

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Recuerdo que en mi niñez, mientras acompañaba a mi mama con el estilista a que le tiñeran el cabello, solía esperar en la pequeña salita de la entrada, en donde me ponía a  hojear esas revistas “fifís” que gustan de hablar sobre las glamurosas vidas de los famosos y la realeza.

Ciertamente, en aquel tiempo jamas imagine que años después tendría la oportunidad de transitar por el mismísimo principado de Mónaco, o por el impresionante Montecarlo, sitios plagados de historias sobre príncipes y princesas.

El penúltimo día de viaje en crucero, el barco atracó en la ciudad de Cannes al sur de Francia. Cannes es famoso por su Festival de Cine.

Baje del barco temprano ya que tenía contratada mi última excursión, la cual contrate con la propia naviera MSC, y consistía en una visita por las tierras de Eze, Mónaco y Montecarlo.

A diferencia de las otras ciudades a las que arribamos, en Cannes no fue posible desembarcar en tierra firme, por lo que el barco se quedo asentado en medio del agua marina y nosotros tuvimos que tomar una lancha lanzadera para llegar hasta el puerto. Al bajar de las lanchas fuimos interceptados por nuestra guía de turismo, una mujer más bien seria, pero amable, cuyo nombre no recuerdo, pero que para fines de este artículo llamaré “Lily”.

Una vez que abordamos el autobús, Lily nos explicó que el primer sitio al que llegaríamos sería a la ciudad de Eze, pero únicamente para hacer una parada en la fábrica de perfumes “Fragonard”, en donde se pretendía llevarnos en una visita guiada.

Debo decir que lo poco que pude observar de la pequeña ciudad de Eze me dejo completamente maravillada. El pueblo estaba como incrustado entre la vegetación de la montaña y en medio de la neblina, o al menos las vistas que yo pude apreciar. La ciudad parecía una de esas que salen en las películas de terror, tan tétrica y a la vez hermosa.

Al ascender por la pendiente, era posible observar el océano en todo su esplendor, bordeado por la verde vegetación que rodeaba la ciudad.

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Pronto llegamos a Fragonard, en donde después de aparcar el autobús y bajar del mismo, nos fue asignada una guía de ascendencia española, la cual se encargo de reunirnos a todos y explicarnos en que consistiría la visita.

Cabe mencionar que en éste lugar trabajan guías de diversas nacionalidades, ello con la finalidad de cubrir todas las necesidades de idioma de los diferentes grupos de turistas que hacen una parada en Eze para conocer la fábrica.

La visita por las instalaciones de Fragonard se ofrece de manera gratuita a los turistas, o al menos esa impresión me dio, pero no es ningún secreto que hay un trasfondo de negocio en todo ello, pues muchos de los visitantes salen de las tiendas con las manos cargadas de perfumes franceses después de haber hecho el recorrido.

El paseo en general fue agradable, aunque rápido. Nuestra guía nos habló de los procesos de elaboración del perfume, nos contó cómo es que éste se prepara a partir de diversas hierbas y esencias que generalmente suelen importarse de otras regiones del mundo. Pudimos caminar por el interior de la fábrica, conocer las maquinas y espacios en los que se elabora, y finalmente oler un buen número de exquisitas fragancias.

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Veinticinco minutos después, Lily ya estaba hablándonos para volver al autobús, pues el tiempo apremiaba y debíamos limitarnos a echar un breve vistazo.

El segundo sitio al que llegamos fue al principado de Mónaco, para esto, Lily ya nos había contado un montón de historias escandalosas sobre la realeza francesa. Nos platicó la historia de amor del príncipe Rainiero y la actriz hollywoodense Grace Kelly, quienes acabaron conociéndose en uno de los famosos festivales del cine de Cannes.

Las calles de Mónaco me sorprendieron. Todo ahí era lujo, belleza y mucha seguridad, recuerdo que había un policía prácticamente en cada esquina y me impresione muchísimo al ver una agencia de coches ahí, pero no era una agencia cualquiera, ¡no señor!, ahí había puro coche lujoso, de esos que solamente se ven en las pelis.

Una niña que viajaba en mi grupo dijo una frase muy acertada a su madre…,  “oye mami, aquí la gente riquita no puede vivir, aquí solo viven los ultra millonarios”, no pude estar más de acuerdo con ella.

Mientras el autobús recorría las calles del principado, recuerdo haber mirado la casa de un importante sultán o algo así. Era la más llamativa de todas, con su fachada de bordes extravagantes y múltiples colores, ¡quede maravillada!

Para dar un recorrido por el área más cercana al palacio del Rey Alberto tuvimos que bajar del autobús, subir un montón de escaleras eléctricas y un elevador, para llegar a la cima de lo que era la pequeña ciudad. A partir de ahí contemplamos las preciosas e impresionantes casas. Incluso pasamos a un costado del hogar de la princesa Carolina y visualizamos a lo lejos el de la princesa Estefanía. Yo simplemente estaba que no me lo creía, ¿de verdad me encontraba en aquel sitio?

Posteriormente cruzamos un parque desde donde pudimos observar las fabulosas vistas de los lujosos yates aparcados en el mar.

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El  tiempo que estuve ahí me detuve a admirar cada metro cuadrado de esa ciudad llena de magia y elegancia. Llegamos hasta el palacio de los Grimaldi, en donde pudimos hacer un par de fotos.

No se parecía a ninguno de los castillos que solía ver en las películas de príncipes y princesas de mi niñez, pero igualmente me pareció un sitio encantador.

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Después de permanecer un rato en Mónaco, volvimos al autobús para realizar la siguiente visita: Montecarlo, la sede de la famosa carrera de autos de la Fórmula 1.

Confieso que Montecarlo era el sitio que más quería conocer de ese tour. Ese interés se lo debía a un libro muy bueno de género policíaco que leí cuando estaba en la universidad. No sé si lo haya dicho anteriormente, pero soy una fanática fiel de las novelas de suspenso. Aquel libro que leí se llama “Yo mato” y fue escrito por el autor italiano Giorgio Falleti. La historia se desarrolla en ésta majestuosa ciudad, precisamente durante la temporada de carreras de la F1.

Saber que conocería un poco del sitio que me tenía fascinada en aquella emocionante historia, me lleno de felicidad. Tristemente conocí mucho menos de Montecarlo que del resto de las ciudades visitadas ese día.

Tuve la oportunidad de fotografiar el famoso Gran Casino, icono de la ciudad. Sin embargo, Lily fue informada vía telefónica que el mar estaba subiendo peligrosamente en el área donde estaba aparcado nuestro barco y que por ende, había riesgo de que el agua volteara la nave. Por este motivo la visita se vio interrumpida y tuvimos que volver a Cannes mucho antes de lo previsto.

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Hubo mucho descontento por parte de mis compañeros de excursión, yo misma me sentí decepcionada por ese hecho, pero al poco rato acabamos aceptando la situación y comprendimos que aquello no era culpa de los organizadores, y que eran fuerzas de la naturaleza las que habían provocado la interrupción del tour.

Así que finalmente regresamos a descansar.

Ese día se cancelaron todas las actividades en las áreas exteriores del barco y se prohibió que las personas salieran, pues con lo picada que estaba el agua se ponía en peligro a los pasajeros que anduvieran en las zonas expuestas.

Fue una noche larga, la primera y única en la que verdaderamente sentí el movimiento de la nave en la que viajaba. Recuerdo que al andar por los pasillos después de volver de la cena, hubo un momento en que perdí el equilibrio a causa del movimiento del barco, y tuve que sostenerme de las paredes laterales para no caer.

Por suerte no pasó nada malo. Nuestro capitán italiano Rafaelle Ruzzo pudo bordear a la perfección las aguas bravas, y llevarnos a salvo hasta nuestra siguiente y última ciudad a visitar.

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¿Sobre saturada? ¡Un poco!

 

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Mientras observo la pastilla efervescente que se deshace en la taza con agua que me he preparado esta mañana, no puedo evitar pensar “¡qué diablos!”. Hoy tengo uno de esos momentos en que tengo la necesidad de desconectarme del mundo por completo.

Este fin de semana me he sentido particularmente abrumada por todas las ocupaciones y pendientes que tengo últimamente en mi vida. El solo pensar en ello ya me hace doler la cabeza.

Entre el trabajo, los quehaceres de la casa y los proyectos de escritura, siento que me estoy volviendo loca.

“Prioriza ocupaciones Aube, organiza y delega lo menos importante”, esta frase se repite una y otra vez en mi cabeza. Una y otra vez, pero no es tan sencillo como se lee.

Y es que si soy honesta, he de confesar que tengo la manía de leer artículos relacionados con la organización y el orden desde años inmemoriales. Soy un poco obsesiva compulsiva, y mi pequeño trastorno me orilla a hacer esas cosas, como por ejemplo anotar todo lo que tengo que realizar en listas, incluso compre un libro que me ayuda a organizar esas listas, y por raro que parezca, en realidad es un buen libro. El problema es que luego tengo ciertas rachas en que las obligaciones me superan, me vuelvo un caos andante y acabo dejando a medias todos los proyectos que emprendo. Eso últimamente está frustrándome muchísimo, al grado incluso, de impedirme disfrutar de las cosas que practico para relajarme.

Verán, mi trabajo se remonta exclusivamente a cuestiones legales, papeleo, trámites y ese tipo de cosas. Sin embargo, confieso que aunque el derecho me da de comer y lo considero una profesión bonita y respetable, mi verdadera pasión se encuentra en la escritura. Escribo todo el tiempo, sobre cualquier cosa, a cualquier hora, y tengo diarios desde que tengo uso de razón.

El problema es que últimamente escribir ha comenzado a convertirse en un problema más, es como si me sintiera obligada a hacerlo y esas novelas que he comenzado a crear con tanta ilusión,  están sacándome muchas canas verdes. La inspiración deja de fluir y entonces me pongo de mal humor.

En el fondo conozco la naturaleza de mi problema, me he embarcado en tantos pequeños proyectos que me he olvidado de lo que es importante. Estoy sobre saturada y es quizá esa la verdadera razón de que una pastilla efervescente este disolviéndose en mi poco utilizada taza cafetera.

Tengo una gripa incipiente, y aunque sé que seguramente es a consecuencia de haberme ido a dormir la noche anterior con el cabello húmedo, el diagnostico de fondo apunta a que todo es debido a causa del estrés.

Sé que es momento de tomar la sartén por el mango, como coloquialmente se dice por ahí, y que debo hacerme cargo de las cosas. La pregunta es ¿cómo?

¿Se han sentido así alguna vez?

En fin, mi lunes ha comenzado con el pie izquierdo, pero espero que mejore en el transcurso de la semana.

 

Una parada en Génova

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Para el cuarto día de crucero el barco atracó en el puerto de Génova, ciudad perteneciente a la provincia de Liguria, una de las veinte regiones que forman parte de la República Italiana.
En este sitio no tenía ninguna excursión contratada, pues previo a la realización del viaje, había planeado conocer la ciudad a mi propio ritmo.

Tuve la precaución de informarme en internet como trasladarme en aquel lugar, y algunos blogs de viajes aconsejaban hacer un recorrido a pie, pues mencionaban que el centro se encontraba relativamente cerca del puerto.

Sin embargo, al final mis planes no resultaron exitosos y me resulto prácticamente imposible conocer la ciudad italiana de la forma que hubiese querido. Después de descender del barco recorrí el puerto de un extremo a otro, pero desde que iba por la mitad ya me sentía muy cansada, y es que el día anterior había pescado un resfriado de esos que te dejan hecha polvo.

Estaba recuperándome, pero mi cuerpo clamaba por un descanso. Los días previos había estado caminando muchísimo entre Barcelona, Ajaccio, Roma, Pisa y Florencia, y aquello, aunado al hecho de estar expuesta al caluroso clima del verano mediterráneo, combinado con el frío aire acondicionado del camarote, estaba pasándome factura.

Mis pies se sentían deshechos para ese momento. No había dormido lo suficiente, ya que la noche anterior estuve desvelándome en la cafetería tomando Té de menta para calmar el ardor que sentía en la garganta. Sí, estaba completamente frita, necesitaba reposar y lo sabía.

Recuerdo un momento en el que me detuve para observar por largo rato las pequeñas callejuelas que subían hacía el centro de la ciudad genovesa. Mi mente me ordenaba que emprendiera la marcha calle arriba, Génova estaba esperando por mí para ser descubierta, y yo no podía dejar de pensar en nada más que no fuera en que estaba perdiendo el tiempo. Sin embargo, mis piernas no respondían,  no tenía fuerzas y comenzaba a sentirme furiosa conmigo misma.

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Finalmente decidí rendirme. Estaba derrotada, me senté en una de las banquitas que estaban dispersas a lo largo del puerto y me detuve a mirar el conjunto de casas de colores en tonalidades marrón, entonces comprendí que aquello sería todo lo que iba a conocer de esa ciudad. Mire la gran burbuja sobre el agua, esa misma que se conoce como la biósfera y que es una especie de invernadero esférico que reconstruye una porción de la flora tropical. Entonces me calme y decidí analizar la situación.

Comprendí que lo más prudente era regresar a la embarcación. Sabía de sobra que mientras me sintiera mal, no iba a disfrutar conocer la ciudad de todos modos.

Así que volví al barco y subí a mi camarote. Apenas estar ahí, me eche sobre la cama y me dedique a dormir hasta que mi cuerpo lo creyó conveniente. Ni siquiera comí, simplemente me permití descansar lo necesario. Al despertar tuve suficiente energía para buscar entre mi equipaje. Encontré el medicamento para el resfriado, ese mismo que mi madre me había obligado a echar a la maleta, ¡bendita fuera ella!

Después de medicarme salí de mi encierro. Para ese momento el barco ya se encontraba navegando, ni siquiera me di cuenta cuando se puso en marcha y lo cierto es que tampoco me importaba mucho. Subí al restaurante y comí con gusto.

Luego tome un nuevo Té de menta y sólo entonces me permití lamentarme por la oportunidad que había perdido, en mi cabeza no paraba de rondar la idea de que había desperdiciado la oportunidad de conocer un lugar que me quedaba tan lejos de mi país.

Sin embargo, un poco más tarde y ya con la mente menos embotada, supe que había tomado la decisión correcta. Había estado en una situación que me superaba, al menos físicamente.

De haber actuado diferente, la hubiera pasado mal en mi recorrido y mi estado de salud seguramente habría empeorado.

Así que aquí estoy, platicándoles sobre un día de turismo nulo. Me gustaría en verdad contarles sobre el maravilloso acuario Genovés, sobre la catedral de San Lorenzo, el palacio Ducal, la Porta Soprana o el palacio San Giorgio, pero estaría mintiendo, porque no conocí ninguno de esos sitios.

Sin embargo tuve un encuentro conmigo misma, uno en donde supe que la salud es primero que todo, que sin el bienestar físico lo demás no tiene mucho sentido.

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Hoy por hoy me siento agradecida por ser una persona sana, por tener la posibilidad de ver, oír, sentir y disfrutar.

Creo sinceramente que luego habrá otras oportunidades para volver a la bella Génova. Hay que mantener la esperanza.

 

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Visitando la Toscana

 

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“Mi alma no encuentra escalera al cielo, a menos que sea a través de la hermosura de la tierra”

MIGUEL ÁNGEL BUONARROTI

 

El día número tres de mi crucero por el mediterráneo arribamos a La Spezia, una pequeña ciudad situada entre Pisa y Génova en la provincia de Liguria. La Spezia es conocida por su destacamento militar, así como por ser la sede de una de las industrias militares más grandes del país italiano, Oto Melara.

Pero no voy a detenerme a hablar de La Spezia, ya que no fue un lugar que conociera más que sólo de paso, mi verdadero destino de ese día eran dos famosísimas ciudades de la toscana italiana: Pisa y Florencia.

Para visitarlas ya tenía una excursión contratada con la empresa Shore2Shroe.

Apenas descender del barco me encontré con un día nublado y fresco, nuestra guía Patrizia, nos recibió a la salida del puerto y procedimos a abordar el autobús con la finalidad de dirigirnos primeramente a Pisa.

El camino entre Liguria y la Toscana me pareció francamente maravilloso, verdes valles mostrando preciosas casitas incrustadas entre sus colinas, una visión digna de un bello cuadro.

Al punto de las nueve de la mañana llegamos a Pisa. Debo confesar que me sorprendí al descubrir que se trataba de una ciudad pequeña y sencilla. Como es bien sabido, Pisa es famosa por su torre inclinada, a la que miles de turistas asisten a diario con la intención de conseguir una foto.

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Pero la torre inclinada es solo una de las cuatro construcciones que hacen famosa a la ciudad y que se encuentran ubicadas en la Piazza dei Miracoli, o como la conocemos en castellano: la Plaza de los Milagros.

Ésta plaza comprende un terreno amurallado cubierto de verde pasto. Sirve de base para las cuatro construcciones que ahí se encuentran y que conforman la Torre Inclinada, el Baptisterio, el Duomo y el Campo Santo.

 

El Duomo es la catedral de la plaza, fue construido por el arquitecto Busketo y para su construcción se utilizó mármol gris y piedra blanca. Se dice que en él se guardan las reliquias del emperador romano Enrique Séptimo y de San Rainiero, el santo patrón de la ciudad de Pisa.

 

El baptisterio es una estructura circular dotada de una pequeña cúpula y se encuentra dedicado a San Juán Bautista.

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El Campo Santo, como su nombre lo evoca, es un cementerio cerrado, tapiado, largo y rectangular que se inicio a construir en 1278 y fue concluido en 1464.

Y finalmente la más famosa obra de la Plaza de los Milagros, la torre inclinada. Se sabe que ésta originalmente era una torre normal y recta. La inclinación que sufrió no fue de ninguna forma premeditada o pactada, sino que resulto a consecuencia de una mera casualidad. La construcción comenzó a ladearse debido a la acción de su propio peso, motivo por el que las autoridades de la época, a fin de evitar el derrumbe y la pérdida del dinero invertido, hicieron una reconstrucción de la torre que reforzó su estructura inclinada.

El tiempo que estuve en la plaza de los milagros fue relativamente corto, tan solo media hora para caminar por el lugar y ¿cómo no?, tomar la clásica fotografía en la que se simula sostener la torre para que no caiga.

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Abordé de nueva cuenta el autobús para mi siguiente visita: ¡Florencia!

Patrizia era natal de dicha ciudad, por lo que la conocía al dedillo. De Pisa a la bella Firenze hicimos alrededor de una hora y pico de camino, sin embargo se sintió poco el tiempo del trayecto, seguramente por la hermosura de los paisajes que atravesamos.

A eso de las once y media de la mañana ya estábamos ahí. Bajamos del autobús y comenzamos el recorrido a pie por el centro de la ciudad guiados por Patrizia. Fue así que llegamos a la Piazza del Duomo, famosísima por su bella catedral de Santa María del Fiore, la cual presume una enorme cúpula color rojo ladrillo cuya autoría se le reconoce al diseñador Filippo Bruneleschi.

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Frente a la catedral se encuentra el baptisterio de San Juan, el cual tiene una forma octagonal y se encuentra cerrado por unas famosas puertas de bronce llamadas “puertas del paraíso”, que recrean en su estructura cuadros o paneles que evocan diferentes e importantes momentos de la historia religiosa.

Tanto la iglesia como el baptisterio lucen majestuosos los colores verde y blanco resultantes de los materiales de los que están construidos: mármol blanco y mármol verde.

Para mí fue completamente impresionante caminar por las calles de Florencia. Éstas, tan llenas de vida, de arte y de historia, me enamoraron totalmente. Era increíble pasear por ahí y encontrar pintores, escultores y músicos por doquier.

Me atrevería a decir que es la ciudad más bohemia que he conocido.

Mientras nos desplazábamos, Patrizia nos iba contando relatos sobre los Médici, una de las familias más ricas y relevantes en la vida histórica de la ciudad, también nos contaba sobre el gran Miguel Ángel y su aportación al arte florentino. Nuestra guía nos habló de Leonardo Da Vinci, Dante Alighieri y Nicholas Maquiavelo. Yo simplemente no cabía en asombro, estaba anonadada, toda esa gente famosa de mis clases de historia tenían algo que ver con Florencia, ¡y yo estaba recorriendo sus calles! ¡Wow!

Nos detuvimos un momento para acariciar la nariz del “Porcellino”, una simpática escultura de bronce en forma de jabalí sobre la que recae la leyenda que afirma que tocar su hocico dará invariablemente buena fortuna.

A lo largo del recorrido pudimos apreciar a algunos mimos pintados con la cara blanca. Patrizia nos advirtió que fuéramos cuidadosos, pues algunos de ellos, no todos, salvo algunos, eran astutos carteristas que se valían de entretener a la gente para robarles.

Llegamos hasta el ponte vecchio, un largo puente de aspecto medieval característico de la ciudad de Florencia, el cual se encuentra construido sobre las aguas del Río Arno, atravesándolo de un punto a otro en su parte más estrecha.

 

La vista ahí es absolutamente encantadora, el agua refleja el conjunto de casitas situadas a las orillas dándole un efecto mágico. Seguramente ese es uno de los recuerdos más bonitos que tengo de mi viaje por el mediterráneo.

Pasamos por una construcción cuyo nombre no recuerdo, pero si su rara fachada. No sé cómo explicarlo, pero era como si la pared estuviera fraccionada por una línea irregular. Patrizia nos explicó que ese edificio había sufrido las consecuencias de un ataque de la mafia a cargo de un coche bomba en el que desgraciadamente habían muerto personas inocentes y se habían causado importantes daños materiales al edificio. La fragmentación de la pared que teníamos frente a nosotros era un recordatorio de la trágica historia de ese día. El gobierno se había encargado de acentuar la línea que dividía las piezas en la pared como un recuerdo del luto por las víctimas.

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Más tarde caminamos hasta el exterior de la Galería de la Academia de Florencia, en donde pudimos apreciar la réplica del famosísimo David de Miguel Ángel, al igual que de otras piezas más.

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También admiramos la escultura de Perseo sosteniendo la cabeza decapitada de Medusa.

El recorrido lo terminamos frente a la basílica de la Santa Cruz, la cual fue diseñada por el arquitecto Arnolfo Di Cambio. En este punto, Patrizia nos dio un par de horas libres antes de volver a La Spezia para embarcar nuevamente.

Yo me separe un poco del grupo para comprar souvenirs para mi familia y para comer. Fue así como deguste una exquisita lasagna en un pequeño restaurante situado a un lado de la basílica.

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Hoy por hoy, mientras cierro los ojos, puedo evocar a la perfección la belleza cautivadora de Florencia, con sus impresionantes iglesias construidas a partir de mármol blanco y verde. Aun escucho a los músicos cantar a orillas del río arno mientras observo el hermoso cuerpo de agua. Aún puedo degustar esa sabrosa lasagna mientras miró cautivada a los pintores dibujando la ciudad.

Sí, puedo asegurar que Florencia fue mi parada favorita en todo el viaje. Me cautivo por completo y me hice una promesa al despedirme de ese lugar…

¡He de volver en algún momento, pero para quedarme un par de semanas!, sé que necesito regresar.

También en este post, me gustaría mencionarles lo ameno que fue el recorrido gracias a Patrizia.

Esta mujer tiene verdadero amor por lo que hace y un conocimiento extraordinario sobre la ciudad, su historia y su cultura. Lo demostró en todo momento, ocasionando que el recorrido fuera absolutamente una experiencia por demás agradable. Ojala todas las guías turísticas pudieran ser como ella.

¡Gracias Patrizia! ¡Grazie mille!

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Celebrando la muerte

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“Son tantas las cosas que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta infelizmente me estaré muriendo”

(La marioneta/ Johnny Welch)

 

¿Les he dicho ya lo mucho que amo México y sus tradiciones?, pues se los digo ahora.

El día de muertos sin lugar a dudas es una de mis festividades favoritas, y es que… ¿cómo no amar esa gama de colores presentes en sus altares y ofrendas?, los panteones repletos de gente colocando flores en las tumbas de sus difuntos, para recordarlos y pasar el tiempo con ellos como si aún estuvieran aquí.

Sí, ese par de días en los que los mexicanos celebramos la muerte, y a la vez la vida de los que se fueron antes.

Debo confesar que esta fecha me genera un sentimiento de cercanía con mis ancestros, y llámenme supersticiosa, pero es en estos días cuando tengo la creencia de que ellos pueden escucharme y verme y estar más pendientes de mi vida.

Siempre que fallece un familiar querido alguien nos dice que ahora esa persona nos cuida desde el cielo. Yo creo que es verdad. Me gusta imaginar que me mira desde el sitio donde se encuentra y sonríe ante mis tonterías, o rueda los ojos, avergonzado ante cada comentario imprudente que luego me da por decir. Que vigila mi sueño de noche y me dice que todo estará bien, que la vida no es tan complicada y que la muerte es de hecho un tesoro.

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Y es que existe una verdadera necesidad humana por recordar a nuestros muertos, por sentirnos cerca de ellos, aunque sea solo un par de días al año.

Esta necesidad ya se encontraba presente desde tiempos antiquísimos, cuando las culturas prehispánicas rendían culto a la muerte a través de rituales y ofrendas.

Sin embargo es bien sabido que todos los acontecimientos históricos están plagados de cambios, y en el día de muertos no fue la excepción. A la llegada de los conquistadores españoles la época de festejo, que originalmente se celebraba en agosto, tuvo que ser movida al mes de noviembre con la finalidad de adaptar la costumbre de los nativos a la religión católica de los nuevos habitantes. Diversas fuentes afirman que los conquistadores se horrorizaron al descubrir el culto que se rendía a la muerte, pero con la finalidad de afianzar la Fe en el catolicismo decidieron respetar en cierto modo la festividad y moverla a noviembre cerca de la fecha del día de todos los santos.

En México celebramos principalmente el uno y dos de noviembre, se dice que el uno está dedicado a las almas de los niños fallecidos, mientras que el dos se refiere a los adultos difuntos.

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Si soy completamente honesta, una de mis partes favoritas de estos días es que son feriados, o al menos en mi trabajo yo descanso.

Cuando chica, acostumbraba acompañar a mi mama y a mis tías al cementerio a llevar flores y arreglar las tumbas de mis abuelos y demás parientes fallecidos. Esos días siempre comíamos caña de azúcar y preparábamos un aperitivo para llevar.

Sin mencionar las comidas de altar, que para quien no lo sepa, ya les cuento lo que es eso.

En mi pueblo, algunas familias hacen una especie de “manda” o promesa a algún determinado santo en el que creen, y normalmente dicha manda la hacen a cambio de alguna petición o favor. La manda casi siempre consiste en preparar enormes ollas con mucha comida, la cual reparten entre los habitantes del pueblo que se acercan con sus cacerolas a llenar sus utensilios.

Es común que en las ofrendas por comida de altar, la gente se amotine afuera de los domicilios de la familia que realiza la manda. Yo he acudido un par de ocasiones y mi platillo favorito definitivamente es la sopa de pan.

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El día de muertos además me recuerda mis días escolares, cuando en la primaria asistía a las kermeses organizadas por los profesores y los padres de familia. Esos días me gustaba leer las calaveritas que algunos escribían, ya saben, esos versos en rima que hablan sobre la muerte como algo cómico. Normalmente se utilizan para satirizar a algún personaje famoso o a alguien que aún está vivo.

“Estaba Aube escribiendo,

Cuando llego la muerte corriendo

Le dijo ¡hasta aquí llegaste!

Y Aube se fue maldiciendo.

Ahora en el más allá

Aube siempre está blogueando

Contando los ires y devenires

De su vida por el mundo”

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También es tradición montar altares de muertos, que son básicamente mesas adornadas con múltiples objetos, entre los que destacan fotografías de personas que han fallecido. Muchas veces se trata de personajes famosos como políticos o artistas muertos, otras veces, y si los altares son familiares, las fotografías son de parientes fallecidos.

En estos altares se coloca papel picado, calaveras de azúcar, pan de muerto, fruta y comida, generalmente aquella que era la favorita de la persona que ha partido, así como objetos o cosas que disfrutaba esa persona en vida.

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Ayer fui a Palacio de Gobierno para admirar los altares que habían montado para exhibición, confieso que al pasar por algunos se me hizo agua la boca. Al ver una cazuela con mole, poco me falto para ir por unas tortillas para hacerme un taco.

Por la noche acudí con una amiga a ver la película de Coco, ¡vaya joya!, si no han tenido oportunidad de verla, les recomiendo que acudan cuando puedan.

Es una de esas películas hermosas,  llenas de color, alegría y música que retrata a la perfección la cultura mexicana, principalmente en estos días. Me robo absolutamente el corazón.

Ver Coco me hizo darme cuenta de porque es importante celebrar la muerte y recordar a nuestros difuntos.

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Siempre me sentí intrigada ante la alegría que había en estas fechas, es decir, parecía casi surreal ver a gente sonreír y disfrutar en un panteón repleto de tumbas.

Pero entonces se me viene a la mente una frase de mi poema favorito La marioneta de Johnny Welch, la cual dice algo así como que “la muerte no llega con la vejez sino con el olvido”.

¡Que terriblemente cierto!, y es que mientras no exista alguien que nos recuerde, es entonces cuando la persona que fuimos en esta vida se habrá extinguido para siempre.

El día de muertos nos permite rememorar a nuestros difuntos, rendirles homenaje, recordar que aunque ya no están físicamente, siguen viviendo en nuestros corazones.

Es necesario celebrar la muerte, porque de esta forma recordamos que estamos vivos y que mientras lo estemos, podemos siempre perseguir sueños y anhelos.

Porque mientras estemos aquí en la tierra nada parece imposible y mientras exista alguien que nos recuerde, nuestra vida habrá valido la pena.

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FICUU: Festival Internacional de la Ciudad de Chihuahua 2017

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Semanas atrás la alcaldesa Maru Campos ya estaba anunciando en una conferencia de prensa que se llevó a cabo frente a catedral del estado, el inicio del FICUU 2017.

El Festival Internacional de la Ciudad de Chihuahua mejor conocido como FICUU es una festividad que tiene lugar cada año como conmemoración a la fundación del estado de Chihuahua. Este evento permite acercar al pueblo chihuahuense al arte y la cultura, ello a través de la invitación a eventos masivos y recintos teatrales en donde tiene lugar la presentación de grandes artistas internacionales mediante conciertos, shows, obras, etcétera.

Debo confesar que cada vez que hay este tipo de eventos yo me emociono como una niña chiquita a la que le dan un caramelo, pues gracias a este festival podemos acceder de forma gratuita a espectáculos impresionantes.

A continuación les dejo una probadita de lo que viví en el FICUU 2017.

CAPITAL CITIES

 

Si soy honesta, yo no sabía de capital cities hasta que alguien me dijo “¡es en serio!”, y me envió vía whatsapp el vídeo de Safe and Sound. Cuando lo vi, yo misma quise darme un gran zape.

He escuchado esa canción millones de veces en todos lados, yo misma cantaba una parte del coro de camino al trabajo.

Así que lo decidí, Capital Cities sería mi primer asistencia en el FICUU 2017.

El evento se llevó a cabo en un área bien conocida para los chihuahuenses como El Palomar.

Al igual que siempre que asisto a algún evento de esta naturaleza llegue a barrer, es decir, que arribe al lugar muy temprano. Siempre me ha gustado tener una vista privilegiada de los grupos y artistas que se presentan, y eso solo se consigue estando desde muy temprano, pues justo como dice el dicho, “al que madruga ¡dios le ayuda!”.

Normalmente asisto sola, pero en esta ocasión acudí a ver el show acompañada por un par de amigos. Ciertamente lo disfrute muchísimo.

En un principio vivimos el clásico momento de frustración que se tiene cuando la gente que llega tarde se va hacía el frente y comienza a invadir el espacio entre los asientos y el escenario, dificultando con ello la vista de los demás. Más que nada porque la intención de llegar temprano es precisamente para observar el espectáculo a la perfección.

Sin embargo al final todos acabamos poniéndonos de pie. La euforia que se vivió cuando Capital Cities salió a presentarse fue maravillosa.

¡Pura buena vibra!

Ryan Merchant y Sebu Simonian, el dúo de vocalistas del grupo salió ahí a darlo todo, vistiendo de forma estilera y estrafalaria, como solo podría describir los pantalones rayados que llevaba Sebu, así como los innecesarios lentes de sol que mantuvieron puestos durante las primeras canciones.

¡Fue maravilloso!

Admito que solo conocía Safe and Sound, pero me enamore de muchas de sus otras melodías. Apenas llegue a casa, lo primero que hice fue abrir Spotify y ponerme a descargar su música.

Kangaroo Court también fue un éxito durante la noche. Ojala hubiesen estado ahí, toda la gente de pie, moviéndonos al ritmo de la música, tarareando lo que podíamos los que no nos sabíamos las canciones, y cantando a pulmón los que si las conocían.

Gritando cada vez que el trompetista se acercaba y hacía gala de su talento con el instrumento.

FICUU 2017, empezaste con el pie derecho.

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ALBERTO ROMERO Y MARIACHI, ÁNGELES NEGROS Y SONORA SANTANERA

El 09 de octubre registre mi segunda asistencia en el FICUU, y es que no podía dejar de asistir a un evento en donde tocara la tremendísima Sonora Santanera.

No sé si lo haya contado antes, pero soy una persona que esta enamorada del baile guapachoso y sabrosón. Tanto, que hasta hace poco tiempo asistía a clases de baile, y no es por presumir, pero me sé defender un poco 😉

Llegue al parque el Palomar temprano. Eran las cinco de la tarde y ¡madre mía con la gente!

Debo confesar que pensé que sería la primera en llegar, pues el show comenzaba hasta las nueve de la noche. Me lleve una tremenda sorpresa al ver que más de la mitad de los asientos de la parte delantera se encontraban ocupados por personas que habían ido preparados con sombrillas para protegerse del sol abrazador.

Ni tarda ni perezosa ocupe una silla, y (lo confieso), otras cinco más, pues había quedado de verme con unos amigos al llegar.

Admito con cierta pena que aparte lugares, pues yo soy una de las primeras personas en molestarse cuando la gente hace esto. Siempre me ha parecido injusto que las personas que llegan a un evento mas temprano que otras no puedan disfrutar de buenos sitios porque aquellos que llegan frescamente tarde, ya tenían un lugar garantizado por alguien mas. Me resulta injusta la situación.

Aun así lo hice en honor a todas esas lealtades que les debía a mis amigos que, por cuestiones de trabajo tuvieron que demorarse .

La tarde abrió con el cantante Chihuahuense Alberto Romero, quien entono diversas canciones al más puro estilo del marichi mexicano, cantando éxitos de los grandes y contagiándonos de toda la emoción que esa música transmite. Recuerdo haberle dicho a mi amiga, la que se encontraba al lado mío, que en esos momentos no me caería para nada mal un tequilita.

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Después de Alberto, vino uno de los grupos más esperados de la noche, “los ángeles negros”. A esta agrupación chilena yo solo la conocía de algunos discos de recopilación que mi papa solía poner en el coche cuando yo era niña.

Escuchar “Dejenme si estoy llorando” y “debut y despedida” me hizo recordar esos trayectos en carretera.

Tristemente muchas de las melodías no me las supe, a diferencia de mis vecinos de sillas, varias generaciones adelantadas a la mía.

A pesar de ello, disfrute el espectáculo con alegría.

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En sus penúltimas canciones se vino la sorpresa. Los ángeles comenzaron a cantar “Perfume de Gardenias” y de repente se unió al espectáculo la mismísima Sonora Santanera.

La emoción en el público fue tal, que la mayoría nos pusimos de pie y con aplausos y gritos ovacionamos la colaboración de ambos grupos.

Poco tiempo después, los ángeles negros se despidieron con un merecido aplauso y entonces la Sonora se quedó tocando y alegrándonos la noche al ritmo del Cha cha cha, el merengue y la cumbia.

Yo y mis amigos dejamos las sillas para irnos a la parte trasera a bailar y poner en práctica todos esos pasos aprendidos durante las clases.

Fue una noche muy buena, me deje los pies bailando y eso fue francamente genial.

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PATÉ DE FUA Y JUANES

¡Y se llega el final del FICUU 2017!, pero con una clausura maravillosa, ya que estarían cerrando con broche de oro, el grupo multicultural Paté de Fua y el mismísimo Juanes.

Yo, admiradora de Juanes desde mi más tierna juventud, me fui al Palomar mucho más temprano que las veces anteriores. Quería un buen lugar, ¡y lo conseguí!, justo en la segunda fila del lado izquierdo del escenario, donde tenía una vista fantástica.

El primer grupo en salir al escenario fue Pate de Fua, cuya existencia conocía, pero nunca había escuchado su música.

¡Menudo talentazo el de esa gente!, no me sabía ninguna canción y sin embargo todas me gustaron, me hicieron pararme y bailar disfrutando de sus ritmos.

La banda, según escuche, se compone de integrantes que provienen de diferentes países como lo son México, Argentina y Palestina, y tocan un sin número de instrumentos creando un ritmo interesante. ¡Recuerdo que hasta usaron un serrucho para crear un sonido muy fantasmagórico!

Pate de Fua me dejo un excelente sabor de boca. Al finalizar su número, incluso algunos integrantes bajaron y se tomaron fotografías con la gente que se acercaba a pedírselo, ¡bravo por ellos!, que mostraron una simpatía y una sencillez admirables.

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Al punto de las 10:00 de la noche más o menos, estaba saliendo al escenario el más esperado hasta el momento, Juanes.

En el momento en el que apareció en el escenario todos nos pusimos de pie gritando y cantando con él la letra de “a dios le pido”, ¡fue excelente!

El show resulto ciertamente maravilloso. Juanes canto tantos éxitos que todos enloquecimos un poco de la emoción, fue así como al ritmo de yerbatero, volverte a ver, fotografía, nada valgo sin tu amor, etcétera,  nos sentimos identificados con una época de nuestras vidas en las que solíamos cantar estas canciones.

Yo por ejemplo recordé mis tiempos preparatorianos en los que, en ausencia de Spotify,  usaba una grabadora en la que escuchaba todo el día un disco suyo.

La canción más esperada desde luego fue la camisa negra y si, lo acepto, yo grite y brinque como loca en cuanto comenzó a tocarla.

Lo más grande fue la excelente calidad humana y sencillez que demostro al permitir que un chico del público que deseaba cantar con él subiera al escenario, y a dueto entonaron preciosamente “para tu amor”.

Más tarde, otro chico deseo subir a tocar la guitarra y también se lo permitió. Yo nunca había visto eso en un evento de esta talla.

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Sin lugar a dudas, el FICUU 2017 que se hizo por el cumpleaños 308 de la ciudad de Chihuahua cerró con un verdadero broche de oro y yo acabe tan felizmente agradecida con los organizadores del evento.

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